En esta entrada de La Generación del Atardecer Presenta:, Daniel Pommers nos trae la segunda parte de esta historia.
Historia continuada: Parte segunda y final
“La vida impasible y argumentativa de la Gata Raparrigga”
Cuando la gata raparrigga llegó a casa la encontramos a un lado de la puerta. Inmediatamente la tomé en los brazos y me percaté que del pelaje y de las patitas se impartía una deliciosa y peculiar fragancia. Olía rico. Este felino bastardo encandiló con su dulzura nuestra familia. Mi padre al verle quedó encantado, mi abuela hasta llegó a testificar que, “un angelito había llegado a nuestro hogar”; inclusive, mi madre convocó una reunión-cena con familiares y particulares para mostrar al último miembro de la familia. Le recibimos y aceptamos majestuosamente y era claro que la gata mostraba genuinos signos de gratitud hacia nosotros. En infinitas ocasiones solía acurrucarse en nuestro cuerpo: en el cuerpo de todos.
Mi madre, al tener la vocación por sangre y por cultura de trapecista, además de haber viajado por gran parte del globo –emigró desde el sur de Italia hacía Pekin y luego hasta llegar a Francia- gran parte de su niñez se la pasó transitando de un lugar a otro. Encausó sus esfuerzos pedagógicos y de encantamiento para administrarle una estupenda dosis de malabarismos a la gatita. Por lo que, desde muy temprana edad, la gata aprendió a caminar por la cuerda floja y a balancearse en un trapecio que, desde tiempos inmemorables, pertenecía a la familia.
Cuando mis padres se iban a la granja –dos veces en semana- la gatita los acompañaba en su pasadía. Esas peregrinaciones hacia los confines de la ciudad, provocaban en mí, más angustia que regocijo. El por qué es sencillo: La poca estabilidad política para esos tiempos –tiempos aquí narrados- tiempos de mi temprana adolescencia, eran sumamente ambiguos; y, sin caer en rectificaciones o enredos narrativos, el hecho que ahora entiendo (en mi adultez) era que, Francia, estaba desenfundando lentamente dos malabarismos acciónales y de partidos de vida: Resistencia y Resignación. En este caso, ambas, aunque contrarias, transmitían un maleficio salvaje que resquebrajaba –cada vez con mayor intensidad- provocando mayores estragos: estragos en mí.
El firmamento como bastión de trances ilícitos
Cuando niña, entendía que mis padres se aventuraban dos veces en semana hacía los arboles y hacia un maravilloso mundo lejos de la ciudad. Durante mi infancia y adolescencia entendía que en nuestro hogar, se congregaban amistades en la oficina de mi padre para disfrutar de la música y de la tertulia parisina – con volúmenes melodiosos de discos, con tonos hermosos pero altísimos y siempre –sin falta- el trajín de papeleos y de botellas chocándose en brindis de dulzura y de amistad. La niñez fue entrañable.
Cuando comprendí la adultez, comprendí la realidad. No tardé mucho en hostigarme hacía la madurez. Así que sacudida ya esa alfombra de la fantasía, olvidé la majadería y con ella, la tranquilidad.
Mi madre era la conexión más importante para los grupos clandestinos de resistencia parisina. Tenía la encomienda de suministrar el equipo de armamento (bombas primordialmente) a los sujetos pertinentes, en los momentos pertinentes. La lucha era por la libertad y en contra de las fuerzas de ocupación alemana en el país. Entonces, en vez de convertirme en una agarrotada más –así como nuestro París- seguí la tradición familiar y tomé postura: ¡Y fue colosal la postura que tomé!
- Me conocen en los círculos clandestinos nada más y nada menos como “el cuco”, “el pájaro”, “el nido del cuco”.
- Pero ¿es posible? (jadeando gravemente y preocupado) Usted es…
- Correcto. –le muestra al soldado una xerocopia, el soldado se niega a mirar. Queda restringido a sus pensamientos. No pestañea. No duda un segundo en permanecer tranquilo. El cuco prosigue- No crees que sería sencillo y (pausa para sentarse y mirar los muslos del soldado)…conveniente para usted que, echara un vistazo a la imagen.
Le sirve un poco de agua y el soldado la bebe rápidamente. Al terminar de beberla el cuco dice lo siguiente:
Te acabas de tragar una pócima que improvisa calculadamente con tu lengua y con tu garganta. Te bebiste entre la efervescencia de la pócima una condena de mordaza. Ya no puedes ni podrás hacer voz hasta que los efectos cesen su condición implacable: Y eso no sucederá al menos que yo lo permita. Sin habla. Ahora toma asiento y deja que tus membranas se duerman. Sin poder balbucear palabra o gemido alguno te ves mucho mejor, retraído como estas –con los ojos por explotar de la rabia- exhibes una increíble locuacidad facial, tan sincera como nunca puedes haber mostrado. Es por eso que no es nuestra la facultad de invertir la pena en la que te encuentras. Callados podremos escuchar.
Es probable que sientas nauseas –te aseguro que los retorcijones estomacales pronto comenzarán- y tal vez tus órganos más débiles terminen por explotar, pues a la retaguardia de la pócima es que se hacen tangibles los dolores de pecho y los mareos. Por eso estás en completa reclusión. (El soldado observa que ahora estaba atado a la silla con una soga) No caerás al suelo para reventarte la boca pero, indudablemente, te ahogarás en la miseria más grande, en la misma que has tenido el compromiso de engendrar. (El cuco se retira de la habitación pero antes, colgado de la puerta, deja un papel con la xerocopia pegada en el medio a la vista del recluso. Al verla, el soldado comienza a llorar.)
Xerocopia de la verdad: “Dispárele que todavía tiene vida.”
El remate no puede ser un simple ricochet. No puede por nada en el mundo ser un rebote. “¡Dale otro disparo en la frente!” –escuchabas mientras escondida te bebías las lagrimas. Para entonces solo podía limitarme a un hipo mudo, de nerviosismo, de hipoteca de dolores que, siendo frente a mis ojos, desgarraban mis costillas por la voluntad esa maldita de retener el vomito; por asco, por tanto sufrir. Aun así permanecí inmóvil. Allí, mientras abofeteaban y estrujaban fríamente en disparos a mi madre. Una y otra vez.
Para cuando los soldados se marcharon, no quedaba más que el cuerpo estropeado de mi madre y la silueta cariñosa de la gata, lamiéndose las patitas, sentada en la puerta de entrada, observando, como tatuándose en la memoria el rostro de los asesinos. Yo esperé unos minutos y luego llamé a mi padre que se encontraba laborando en la Biblioteca de la municipalidad. En segundos arribó para encontrarse con la escena que cambiaría el venir de nuestros días.
Malabarismo final
Una tarde de octubre, regresaba yo de un paseo por los alrededores del vecindario cuando me percaté que no era la única en haber salido del hogar. Obscurecida en principio para luego revelar un color aparatoso y pálido, la gata de la familia se dirigía lentamente hacía mi dirección. Se aproximaba y yo le observaba con toda la emoción que usted o cualquiera puede imaginar. Ese día atardeció precipitadamente, diría que eran las seis en punto. Cuando me vi dispuesta a cruzar la calle para enredarme en el pelaje de la gata, pude notar que de sus dientes goteaba una cascada de sangre:
Puedo jurar que la gata llevaba la mirada más fría. Puedo jurar que su sonrisa era fría, sus colmillos ensangrentados y en sus garras tenía pelos grises. Al verme, sus ojos se revelaron como indiferentes para luego, sin el menor titubeo, seguir caminando en dirección contraria. Nunca más se le volvería a ver.
Fin

































