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La tercera vertiente II

By Daniel Pommers on agosto 22, 2010

En esta entrada para La Generación del Atardecer, Daniel Pommers, narra la continuación y parte final de uno de los muchos pedazos desiguales que dan forma a la colección de escritos bajo el título, Escotilla 29.

Continuación

"There’s much to move in a moving sea."

“The wheels are turning and
the world is burning as
all fall to sweet defeat.”

-HWM-

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Es entonces cuando la tristeza más terrible de todas me consume las entrañas.  No hay manera de localizar la escotilla, es humanamente imposible dar con su paradero; menos cuando los esfuerzos del grupo están dedicados a la supervivencia; a nuestra ocultación.  No puede ser fácil hallar leyendas ―esporádicamente tal vez― pero apuntar a un imposible, (dirigirse a un mejor lugar) es menester cuando la norma es que desaparezcan súbitamente tantos.  El responsable a duras cuentas no puedo ser yo, tampoco la búsqueda interminable de la escotilla.  Quien debería cargar con el peso de nuestro dolor es el Volcán Ramírez: esa guerra que nos aprieta.  Por supuesto, hecatombes como la del veintiséis de octubre pudieron evitarse.  Pero luego tuvimos tiempo de sincronizar filas para repostar, y hacerlo era imperativo.

Y bajo estricta confidencialidad, un diminuto grupo se dio a la tarea de elaborar un plan de contraataque.  Luego de estudiar múltiples opciones, llegamos a una conclusión que prometía dejar en cero a las investigaciones de la zona central y del Volcán…

“We are but wayfarers with a wish to stay alive for a cause and for a dream.
There’s much to move in a moving sea.”

-HWM-

Colocando mi cuerpo en el suelo para arrastrarlo rápidamente hasta el desagüe.  El desagüe sirve de escupidero para la Central de Investigaciones.  Huele mal pero llevo una mascarilla.  Con mucho cuidado cargo una mochila impermeable, en su interior guardo una sorpresa para los guardianes de la Central.  Llevo conmigo una diminuta navaja por si la situación es meritoria.  Tengo conocimiento de que las cámaras dejaron de grabar hace ya más de diez años, según lo indicó el informante.  Entonces encuentro la entrada, la que demarca el salón de archivos, donde es guardada una espeluznante base de datos en relación a la disidencia.  Saco de la mochila un radio transmisor de baja frecuencia.  Al meterme en el canal de los guardianes logro escuchar en frecuencia que ha llegado la hora del relevo:

Todo el personal favor de dirigirse al salón principal para la entrega de sus respectivos informes de turno.

"We are but wayfarers with a wish to stay alive for a cause and for a dream."

Ahora es cuando emerjo a la superficie de la Central.  Y lo que me ha tocado encontrar es horrendo.  Lo que encuentro figura como una pesadilla interminable.  Entonces observo cómo en las paredes laterales, techo y en el suelo del inmenso salón se encuentran almacenados los perfiles de miles y miles de sospechosos.  Sus rostros estaban iluminados por un sádico verde que hacía un contraste lúgubre con los expedientes y con la blancura del salón.  Por algunos segundos permití que los millones de bits investigativos arroparan mis sentidos.  Tenía el cuerpo paralizado.  Sacudí mis ojos y caminé por el laberinto informativo hasta llegar al Archivo Central, a la memoria.  Me apresuré a sacar la bomba de la mochila, luego de observarla detenidamente la coloqué bajo el regazo de la Memoria.  Cuando las líneas para la detonación estuvieron funcionales, confeccionar el cronometro según lo planeado, me otorgaría doce minutos para retornar a terreno seguro.  Y así lo hice.  A mis espaldas no quedó ni un minúsculo rastro de mí.  Al adentrarme en la maleza para escabullirme, sentí el estruendoso movimiento de tierra, “glorioso”, pensé.  El mecanismo de intercepción por archivo de la zona central ha dejado de existir. Y sentí regocijo de pensar que en Isla Grande no sospecharán de la tercera vertiente…al menos una noche estaremos seguros; por ahora tendremos tiempo para pensar en el paradero de la escotilla, en nuestra liberación.

Fin

La tercera vertiente

By Daniel Pommers on julio 24, 2010

La Generación del Atardecer Presenta: la historia sobre un mundo bastante real.

Dejé a un lado la pasividad cuando los líderes de la zona central desaparecieron al menor de nuestro grupo.  Nunca olvidaré la noche del veintiséis de octubre del año pasado.  Esa fue la noche lo perdimos todo: nuestras casas, nuestros familiares, nuestros barrios; todas las cositas que nos hacían impedimento y nos convertían en enemigos de los escuadrones del señor Volcán, que transformaron nuestras vidas en tumbas perpetuas.

Recuerdo la desesperación de gritar mientras corría al auxilio de otras voces lagrimosas pues (siendo voces que permanecen mecanografiadas en los recovecos de la memoria) eran índice del quebranto, y lastimosamente del final de la inocencia colectiva que nos resguardaba de todo contagio con la  maldad.  Pero los asesinos se desplegaron rápidamente.  Algunos a dura caminata, otros en vehículos equipados con arsenales salvajes de armas largas y con múltiples dispositivos, cada uno equipado para cumplir con la misión a la perfección.  Logré observar cómo dirigían nuestras tecnologías, encausándoles hacia las bodegas de alimentos y de almacenaje de recursos; incendiándolas.

Bajo el régimen de Volcán Ramírez, los escuadrones de intervención social podían ser identificados inmediatamente por su ropaje.  Traje de cuerpo completo, rojizo, y máscaras color negro para cubrir su identidad.  Una investigación de la disidencia recopilado mediante persuasión, fraguado por la Dirigencia de la zona central.

Ahora bien, un año había transcurrido y entre nosotros milicias y seguidores de una complejidad ideológica con las cuales, a pesar del cataclismo informativo sufrido hace décadas en todo lugar, seguían renovándose colosalmente; en cuestión de números éramos pocos, pero suficientes.

Convertimos en hogar las antiguas facilidades del ejército nacional, ubicadas en la islita de Culebra: un monstruo subterráneo que se extendía miles de metros debajo del mar desde tierra adentro.  Clausuramos las viejas entradas y salideros; solamente podíamos entrar a la base desde el tanque abandonado en la loma de la islita.  Para no dejar rastro de las actividades que allí se cuajaban, desmantelamos el rompe olas que protegía del agua salada a las edificaciones cercanas a la orilla; como en arena seca, los canes son agiles rastreadores, la maniobra de ahogar nuestros pasos en la playa, resultaba un logro táctico mas una movida compulsoria.  Nunca ser capturado por el enemigo era juramento de todos.  La tercera vertiente, haciéndose valer del desuso de toda facultad, sistema, herramienta o ideología, que tanto los grupos de la zona central como los libertarios en las regiones costeras habían despachado.  Ambos perniciosos, funcionando como dos referentes contrariados; se apropiaron cruentamente de sus mecanismos de supervivencia y articulación.

Por un lado adoctrinar, hacia una devoción donde, más allá de funcionar como vehículo para la redención del ser, lo llevaba de la mano hacia la caída repetitiva de los siglos; hacia viejos estamentos.

En el tragaluz contrario, la vertiente conglomerada mayormente en las costas de Isla Grande ―aunque más dada al mejoramiento de la humanidad― comprometía a una importación obligatoria hacia un septentrión, su insuperable forma.  Como entendemos que las formas son parámetros, algunos decidimos exiliarnos de isla grande: y en este lugar fue donde vinimos a parar.

Nuestro lugar no se limitaba al purgatorio de maneras tal de accionar o de representarse porque funcionaba como un asilo de la imperfección; de la malquerencia; de la ocultación de regla y, claramente, liberaba al individuo enlistado bajo su cobija de presiones metaintestinales, causadas por monoteísmos de la frivolidad.  Precisamente, de leyendas o cultos a la personalidad se adjudicaban los militantes de otros frentes, para cernir exclusividad en  sus ideas y entenderse como la cura de toda la angustia vivida.

Por eso durante las reuniones opto por reiterar la confianza en nuestras bases:

―La tercera vertiente es el cortafrío de la mentira de la salvedad.  Es la mano amiga del sufrimiento que nos escupe hacia el barranco de los monoteísmos y de las imposiciones ―sentencio en ocasiones durante los mítines, exclusivamente cuando el cólera del grupo es permisivo hacia liderazgo cualquiera― la insuperable verdad, el único esencialismo, es la incesante búsqueda de la escotilla 29 ―y sin excepciones, todos se levantan aplaudiendo y gritando enérgicamente consignas de esperanza y de solidaridad.

Triduo Sibarita

By Daniel Pommers on mayo 29, 2010

Para esta entrada de la Generacion del Atardecer Presenta: Daniel Pommers narra el comienzo de las fiestas del Sibarita…En Ciudad Hampa se fraguó una leyenda.

Primer día: Ciudad Hampa del Tornillo

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Los hombres del Auditorio del Hampa dan miedo. Se le meten a uno por las narices, inepto sería quien se atreva a visitarlos.
Ninguna región podría igualarse a la Hampa del Tornillo: allí, un gobierno de trece hermanos calibra siniestras fronteras para ocultarse de la nieve y de la niebla. Anticipar una muerte fugaz, construida al margen de las contorsiones, es inevitable. Piénselo bien, y antes de permitirse fantasear con oposiciones, escuche con atención lo que voy a decir.
Hace una década, las cotidianidades en la Hampa comenzaron a heladificarse. El ayuntamiento de la ciudad pasó a manos de la nueva administración. Las oficinas centrales fueron convertidas en salones y pasillos desalojados de vida; nadie podía ingresar en las zonas de etiqueta azul; la esperanza del gentío terminó por ahorcarse en las esquinas, en los comercios, en todo lugar. No exagero al decir ¡he sobrevivido! Pero si me encuentro con vida (en un pedazo) es ejemplo de la rápida pero sabia decisión de abandonar Ciudad Hampa.
Sin aprovechar sentimentalismos, hasta las brújulas fueron erradicadas, pues los dictámenes eran salvajes; para su estricto y fiel cumplimiento si no, la muerte inmediata.
Quien primeramente se encargaba de las sentencias en la Hampa era el señor Rodrigo, el mayor de los hermanos Lamps. Restringir vida y libertad a toda costa fue la maniobra más efectiva del anciano. Los demás hermanos seguían al pie de la letra las órdenes del primogénito comandante. Los hermanos acostumbraron a la población hacia un sometimiento platónico del espíritu…
Todas las mañanas se implementaba un programa blanqueador agresivo: las calles, los árboles, las gentes (nadie quedaba en salvedad) estaban conectados a un circuito de control. Pareceré un alucinado pero no miento, desde sus cuarteles los hermanos Lamps operan el sistema nervioso y sensorial de la población. ¿Y usted quiere ir a la Hampa? Usted es el alucinado querido amigo.
Continúa…

El granuja contamina

By Daniel Pommers on marzo 30, 2010

En esta entrada de Daniel Pommers para La Generación del Atardecer, observamos la burbuja intocable de Canterburri y la trama que sufre, más allá del engaño, este relato sirve como una bofetada.

“There was a wicked messenger
From Eli he did come,
With a mind that multiplied
The smallest matter.
When questioned who had sent for him,
He answered with his thumb,
For his tongue it could not speak, but only flatter.”

–Bob Dylan-

En el poblado de Canterburri habita una criatura peculiar.  Cuentan los viajeros que por el paso del río Herminio, y en los alrededores de la poza que hospeda recónditamente el cauce del quilométrico Herminio, se ha visto –fugazmente– la silueta de una bestia. La criatura tiene proporciones disparatadas, con una extraña economía técnica que, a pesar de la escasez de pruebas que vinculen directamente los artefactos en cuestión, todo parece cavilar sin norte, encomendándonos.  Unos relojes de arena llevan apareciendo hace tiempo, todos a orilla del Río; haciéndose camino ente la maleza hasta llegar al puente.

Lo curioso no gravita enteramente en su extraña fisonomía.  Cuentan muchos que debajo del Puente Herminio, unas maderas y raíces fuertes, han sido instaladas –no se sabe por quién– aún cuando esta construcción arcaica parece intensificar los encuentros fantasmales; el dato que nos hace cavilar sin norte (redundo), son unos relojes de arena.

El último ser vivo en tener un encuentro inesperado con el misterio, el navegante Sibilo Sibarita, juramentó frente al Consejo la veracidad de la criatura, gestión que podía ser anticipada por parte del oceánico aventurero.  La vocación de Sibilo lo había expuesto a una extensa lista de aventuras, todas, por supuesto, en los confines del mar:

“He stayed behind the assembly hall,
It was there he made his bed,
Oftentimes he could be seen returning.
Until one day he just appeared
With a note in his hand which read,
“The soles of my feet, I swear they’re burning.”

-Bob Dylan-


–Nunca, en terreno trastocado por huella humana, ha existido bestia imposible –decía Sibilo Sibarita modestamente.

Navegante de toda la vida, tenía la sensibilidad para enganchar a cualquiera en la rigidez de sus historias, que a razón de tres por año, le proporcionaron el singular prestigio de caza aventuras.

–No existe monstruo en los mares con la calaña para vencer o escapar a mis entrampamientos – Sibilo recalcaba balbuceando para sí cada vez que podía.  Fumaba de una pipa confeccionada con los colmillos de las bestias más salvajes; entre ellas, tiburones gigantescos y dragones de aguas lejanas.

Colocaba las manos en la nuca y tumbaba sus robustas piernas sobre la mesa del Consejo.  Parecía conocerse de rabo a cabo el régimen de los mítines pueblerinos; esto debido a la pulcritud con la que pronunciaba cada palabra.  Sibilo podía ser risueño en ocasiones pero el rostro, más técnico que honesto, revelaba múltiples cicatrices.  La oreja izquierda estaba arrancada justo por la mitad –cosa que– sin ridiculizar al navegante, le hacía parecer un duende sombrío.  Al observar con paciencia y al notar su perfil contrario, una enredadera de pelos rojizos y castaños cubría por completo la boca, la quijada, y el cuello de Sibilo.

–No hay manera de probar la existencia del animal misterioso  –gritaba furioso el primer mandatario.

“Oh, the leaves began to fallin’
And the seas began to part,
And the people that confronted him were many.
And he was told but these few words,
Which opened up his heart,
“If ye cannot bring good news, then don’t bring any.”

-Bob Dylan-

Sus esfuerzos eran enmudecidos a la prontitud con la que se formulaban, “como ráfagas torcidas de dirección” –eran los comentarios del mandatario, pensaba la mayoría del pueblo.  Los presentes, entendían las palabras del Consejo: Tan sucias como el agua del río Herminio mis queridos, mal olientes y oscuras.  Al cabo de unas horas los asistentes goteaban monótonamente las posibles soluciones del enigma.  Todos tenían, estratégicamente, una silla o mesa secuestrada.  El poblado de Canterburri estaba listo para la batalla, cuando la voz imponente de Sibilo Sibarita puso un alto a la contienda:

“Enchanti el oreya,

“I chillenzio, tos chillenzio;

Sus corazones a mis pies

Enchanti el oreya,

I chillenzio, tos chillenzio;

Sus corazones a mis pies”

Al terminar de pronunciar el hechizo, la reyerta del mitin había cesado.  Los cuerpos estaban paralizados, convertidos en esculturas de hielo y de carne; los ojos de todos parecían enchufados a una dimensión al margen del silencio.

Entonces Sibilo Sibarita sacó del bolsillo un diminuto reloj de arena, y –con la sonrisa de un niño travieso- colocando el reloj sobre la mesa central, despejó de sus pertenencias a todos los residentes de Canterburri.  Hurgando en los recovecos de las casas, no quedó una sola habitación ilesa.  No hubo resistencia, cómo puede resistirse una momia, un panteón.

Para cuando el reloj de arena dejó colar el último segundo, no existía rastro del entrampador.

El poblado de Canterburri se vio despertar, “de un instante ennegrecido” –pensaron simultáneamente todos.  Pero el asombro, la trampa más horrenda de todas, fue despertar y mirarse sin una sola prenda o ropa o calzado.  El disgusto de haber sido robados dejó de importar y, precavidos de no vulnerar sus pensamientos, el poblado de Canterburri corrió a esconderse.

– ¡Miren! –gritó el mandatario, señalando el tejado del salón de reuniones.  Al dirigirse los ojos hacia lo alto, se leían claramente las siguientes palabras:

Han sido burlados por Sibilo Sibarita.  Pueden dar por sentado que no quedará ser viviente en estas tierras ajeno a mi estupenda travesura. Les deseo una exquisita resignación y con el corazón en la mano, me despido.  Adelante con su cacería de brujas mis queridos.  ¡Adelante!


Conmemoración .38

By Daniel Pommers on marzo 23, 2010

La nueva entrada de La Generación del Atardecer Presenta: a cargo de Daniel Pommers.

Aseguras los espejuelos encima de los cachetes como lo haces todas las noches antes de conducir; por minuto y medio te relajas en la espera de procurar que los aceites, el aire acondicionado y, toda la maquinaría que convierte en aparato causal a tu vehículo, se optimicen. Ahora respiras hondamente para programarte al cambio de la cotidianidad de lo que fue tu vida -las maneras que solías disimular vida- y mudas hacia el olvido aquello que eras. Ya en ti, los latidos parecen adelantarse violentamente a las gestiones, que por ser trama peligrosa, deberás efectuar cautelosamente.
Observas el reflejo de tu rostro en el parabrisas: Y sientes la delicia de transparentar las facciones reales finalmente, ya no eres la secretaria del Ministerio. Ya la veracidad no se esconde en complicidad con las intenciones, ahora se administra en tus poros, los hace oler y los divulga por la brillantez; te preparas para segmentar automatizadamente el plan a seguir -una y otra vez- y los aromas que son tuyos vuelven a intoxicarte. Como antes, cuando no disimulabas ser.
La cabellera negra, ahora la guardas en el bolsillo del chaleco y te fijas que, aunque aniquilada hasta el cogote, la escases de pelo, todavía contrasta fuertemente con la blancura de tus pieles y, la barba que te acompaña es más disparate que régimen de la estética, “sabes bien que con mirarla detenidamente se notará el pegamento”, piensas sentenciosamente; la barba conspira por su peculiar volumen a ser enmarcada. Pero eso no te importa pues en consecuencia, sabes bien que lastimarás hasta la mismísima convicción que tus compañeros y compañeras del Ministerio profesan; de todas formas, no le otorgas calidad alguna -no tienes remordimientos- en eso de poner un tranque a las amistades que, por encomienda íntima, tuviste que fraguar.
Después de esta noche serás la más buscada. “¿Qué tiene uno que perder? ¿Cuántos años de sometimiento? O se le regala la victoria al Régimen y se hace uno de la vista larga o voluntariosamente toma uno las riendas” piensas, a la vez que sintonizas tu emisora favorita.
Y es esa canción con la melodía y la voz de muchos la que será -así por duras coincidencias de las frecuencias de ondas y de vivencias y de gusto, la que te acompañará en la misión.

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Llegaste al lugar en tres minutos como lo habías planificado. Cuando te dispones a abrir la puerta del vehículo, te detienes. Piensas en tu padre, él siempre mantuvo la cordura en momentos así -momentos intensos- cruciales. Te bajas del automóvil y caminas hasta la entrada principal del Ministerio. Observas al recepcionista, la fila de espera, los trajes ambulantes con las prisas y la soberbia de siempre, y como un cocodrilo -arrastrándose rígidamente- junto a las liendres e insectos que merodean a los reptiles de pantano, el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, hace entrada. Estacionario al lado de tus pieles, el Comandante se percata de tu presencia. Inmediatamente te arrancas la barba, mirándole fijamente, él no se alarma, tan solo disfruta de tu belleza (tetas, calvicie, nalgas), y te sonríe.
Acto seguido colocas el calibre 38 en la boca del cocodrilo y, por un segundo, fugaz ante los ojos de la bestia, el pudor mostró brevemente sus pezuñas, entonces:
- Aquí tiene comandante, una bala con su nombre.
Sales por la puerta principal y sueltas en el suelo la larga cabellera oscura que habías cortado horas antes. La esparces por todo el lugar. A tus espaldas dejas un mundo que, acabado desde el primer día que marchó imponente por la plaza, se ridiculizaba y armaba nebulosamente gasas en sus heridas. Tus ojos se enfocan en la esquina; allí te espera un automóvil para el escape, dos compañeros, y una ceremonia del artificio. Y cómo es la celebración, se preguntarán ustedes perplejos, sencilla:
Te esparcirás, te convertirás en murciélago, te vestirás de infranqueable; pero sobre todo, lo que nunca podrás guardar para futuras generaciones, y sonríes pues sabes que será la tarea más ardua, te hace música en las entrañas. Miras tu reflejo ante los ojos de los ventanales de las tiendas que hacen esquina con tu esquina de partida y reflexionas, “Nunca volverás a ser nuevamente.”

En esta entrada de La Generación del Atardecer Presenta:, Daniel Pommers nos trae la segunda parte de esta historia.

Ilustración por Marcos Pechio

Historia continuada: Parte segunda y final

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“La vida impasible y argumentativa de la Gata Raparrigga”

Cuando la gata raparrigga llegó a casa la encontramos a un lado de la puerta. Inmediatamente la tomé en los brazos y me percaté que del pelaje y de las patitas se impartía una deliciosa y peculiar fragancia. Olía rico. Este felino bastardo encandiló con su dulzura nuestra familia. Mi padre al verle quedó encantado, mi abuela hasta llegó a testificar que, “un angelito había llegado a nuestro hogar”; inclusive, mi madre convocó una reunión-cena con familiares y particulares para mostrar al último miembro de la familia. Le recibimos y aceptamos majestuosamente y era claro que la gata mostraba genuinos signos de gratitud hacia nosotros. En infinitas ocasiones solía acurrucarse en nuestro cuerpo: en el cuerpo de todos.


Mi madre, al tener la vocación por sangre y por cultura de trapecista, además de haber viajado por gran parte del globo –emigró desde el sur de Italia hacía Pekin y luego hasta llegar a Francia- gran parte de su niñez se la pasó transitando de un lugar a otro. Encausó sus esfuerzos pedagógicos y de encantamiento para administrarle una estupenda dosis de malabarismos a la gatita. Por lo que, desde muy temprana edad, la gata aprendió a caminar por la cuerda floja y a balancearse en un trapecio que, desde tiempos inmemorables, pertenecía a la familia.
Cuando mis padres se iban a la granja –dos veces en semana- la gatita los acompañaba en su pasadía. Esas peregrinaciones hacia los confines de la ciudad, provocaban en mí, más angustia que regocijo. El por qué es sencillo: La poca estabilidad política para esos tiempos –tiempos aquí narrados- tiempos de mi temprana adolescencia, eran sumamente ambiguos; y, sin caer en rectificaciones o enredos narrativos, el hecho que ahora entiendo (en mi adultez) era que, Francia, estaba desenfundando lentamente dos malabarismos acciónales y de partidos de vida: Resistencia y Resignación. En este caso, ambas, aunque contrarias, transmitían un maleficio salvaje que resquebrajaba –cada vez con mayor intensidad- provocando mayores estragos: estragos en mí.

El firmamento como bastión de trances ilícitos

Cuando niña, entendía que mis padres se aventuraban dos veces en semana hacía los arboles y hacia un maravilloso mundo lejos de la ciudad. Durante mi infancia y adolescencia entendía que en nuestro hogar, se congregaban amistades en la oficina de mi padre para disfrutar de la música y de la tertulia parisina – con volúmenes melodiosos de discos, con tonos hermosos pero altísimos y siempre –sin falta- el trajín de papeleos y de botellas chocándose en brindis de dulzura y de amistad. La niñez fue entrañable.
Cuando comprendí la adultez, comprendí la realidad. No tardé mucho en hostigarme hacía la madurez. Así que sacudida ya esa alfombra de la fantasía, olvidé la majadería y con ella, la tranquilidad.
Mi madre era la conexión más importante para los grupos clandestinos de resistencia parisina. Tenía la encomienda de suministrar el equipo de armamento (bombas primordialmente) a los sujetos pertinentes, en los momentos pertinentes. La lucha era por la libertad y en contra de las fuerzas de ocupación alemana en el país. Entonces, en vez de convertirme en una agarrotada más –así como nuestro París- seguí la tradición familiar y tomé postura: ¡Y fue colosal la postura que tomé!
- Me conocen en los círculos clandestinos nada más y nada menos como “el cuco”, “el pájaro”, “el nido del cuco”.
- Pero ¿es posible? (jadeando gravemente y preocupado) Usted es…
- Correcto. –le muestra al soldado una xerocopia, el soldado se niega a mirar. Queda restringido a sus pensamientos. No pestañea. No duda un segundo en permanecer tranquilo. El cuco prosigue- No crees que sería sencillo y (pausa para sentarse y mirar los muslos del soldado)…conveniente para usted que, echara un vistazo a la imagen.
Le sirve un poco de agua y el soldado la bebe rápidamente. Al terminar de beberla el cuco dice lo siguiente:
Te acabas de tragar una pócima que improvisa calculadamente con tu lengua y con tu garganta. Te bebiste entre la efervescencia de la pócima una condena de mordaza. Ya no puedes ni podrás hacer voz hasta que los efectos cesen su condición implacable: Y eso no sucederá al menos que yo lo permita. Sin habla. Ahora toma asiento y deja que tus membranas se duerman. Sin poder balbucear palabra o gemido alguno te ves mucho mejor, retraído como estas –con los ojos por explotar de la rabia- exhibes una increíble locuacidad facial, tan sincera como nunca puedes haber mostrado. Es por eso que no es nuestra la facultad de invertir la pena en la que te encuentras. Callados podremos escuchar.
Es probable que sientas nauseas –te aseguro que los retorcijones estomacales pronto comenzarán- y tal vez tus órganos más débiles terminen por explotar, pues a la retaguardia de la pócima es que se hacen tangibles los dolores de pecho y los mareos. Por eso estás en completa reclusión. (El soldado observa que ahora estaba atado a la silla con una soga) No caerás al suelo para reventarte la boca pero, indudablemente, te ahogarás en la miseria más grande, en la misma que has tenido el compromiso de engendrar. (El cuco se retira de la habitación pero antes, colgado de la puerta, deja un papel con la xerocopia pegada en el medio a la vista del recluso. Al verla, el soldado comienza a llorar.)

Xerocopia de la verdad: “Dispárele que todavía tiene vida.”

El remate no puede ser un simple ricochet. No puede por nada en el mundo ser un rebote. “¡Dale otro disparo en la frente!” –escuchabas mientras escondida te bebías las lagrimas. Para entonces solo podía limitarme a un hipo mudo, de nerviosismo, de hipoteca de dolores que, siendo frente a mis ojos, desgarraban mis costillas por la voluntad esa maldita de retener el vomito; por asco, por tanto sufrir. Aun así permanecí inmóvil. Allí, mientras abofeteaban y estrujaban fríamente en disparos a mi madre. Una y otra vez.
Para cuando los soldados se marcharon, no quedaba más que el cuerpo estropeado de mi madre y la silueta cariñosa de la gata, lamiéndose las patitas, sentada en la puerta de entrada, observando, como tatuándose en la memoria el rostro de los asesinos. Yo esperé unos minutos y luego llamé a mi padre que se encontraba laborando en la Biblioteca de la municipalidad. En segundos arribó para encontrarse con la escena que cambiaría el venir de nuestros días.

Malabarismo final

Una tarde de octubre, regresaba yo de un paseo por los alrededores del vecindario cuando me percaté que no era la única en haber salido del hogar. Obscurecida en principio para luego revelar un color aparatoso y pálido, la gata de la familia se dirigía lentamente hacía mi dirección. Se aproximaba y yo le observaba con toda la emoción que usted o cualquiera puede imaginar. Ese día atardeció precipitadamente, diría que eran las seis en punto. Cuando me vi dispuesta a cruzar la calle para enredarme en el pelaje de la gata, pude notar que de sus dientes goteaba una cascada de sangre:
Puedo jurar que la gata llevaba la mirada más fría. Puedo jurar que su sonrisa era fría, sus colmillos ensangrentados y en sus garras tenía pelos grises. Al verme, sus ojos se revelaron como indiferentes para luego, sin el menor titubeo, seguir caminando en dirección contraria. Nunca más se le volvería a ver.

Fin

Adolfo Hitler en Paris (1940)

Daniel Pommers nos trae la más reciente entrega de La Generación del Atardecer Presenta:

“Kings and sons of god
Travel all the way to earth
Coming restless mile
Easing all of them, all of them for you.
Strange Times, Here”  -The Black Keys-

Las machinas que trajeron a las fiestas este año son diferentes a las machinas que usualmente estábamos acostumbrábamos a disfrutar. Esta ocasión no hay montañas rusas o mongolas o de donde sea; tampoco barcos pirata, cajas de muerto, carruseles, martillos. Este año no hay personal operando la Verbena: por ninguna parte veremos a los trotamundos, mucho menos los recortes playeros ni gentes enclenques ni a los oprobios perpetuos. Si tienen paciencia podrán observar que la cuerda del salto al vacío no es cuerda elástica o irrompible. La cuerda no es cuerda si no helechos y espinas enrolladas. Mejores fiestas no podrían presentarse en ninguna parte del mundo.
Si acaso dudan de mi palabra, adelante, la entrada es gratuita.

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Para cuando el jovencito terminaba su invitación y nos señalaba con una rama la entrada hacía la Feria, dos de los escuadrones ya se habían adentrado sin consentimiento alguno en los terrenos:

Los soldados corrían intoxicados por el misterio que les convertía en disidentes, hacían caso omiso a los gritos y órdenes de nuestros líderes. Ninguno se inmutó en regresar, ni si quiera en voltearse para mostrar respeto hacia la cadena de mando. Nuestro jefe dio la orden de caducamiento. En solo segundos sometimos a la mayoría. Un disparo tras otro, haciendo su labor de contención, entrando por sus espaldas, a veces por sus nucas a veces por sus nalgas. Pudimos visualizar que seis soldados lograron escabullirse entre las carpas y la noche.

Mi escuadra se administró en el lugar rápidamente. Al entrar en la primera carpa que fue encontrada, fue encontrada también la siguiente escena:
El interior de la carpa no tenia decoraciones, solamente un letrero que leía, Pabellón de los sucios. Habían –sin mentirles- una docena de cerdos comiéndose unos a los otros; apestaba a basura y a cemento fresco porque, en el centro de la carpa, cubriendo algunos 30 metros cuadrados, se erguía una extraña estructura en miniatura. La construcción limitaba el paso de los cerdos: cerdos anómalos con pesuñas disparatadas, con barrigas a punto de reventar. “Que asqueroso” pensaba, exhibiendo ligeramente gestos de pudor. Fijándose uno en la arquitectura de concreto, la maqueta confundía los espacios y el mismísimo esquema de su organización.

-Era el pedazo de una ciudad-

En el interior se apreciaban los uniformes de los disidentes convertidos en aceras y parques y –burlescamente- los penes y testículos que una vez funcionaron simultáneamente para el daño y para el goce, ahora servían como faroles y como monumentos que irradiaban, minúsculamente, su belleza. Los callejones fueron segmentados con las partes inservibles de las metralletas y de las granadas que al parecer, juzgando por el estado tan precario en el que se encontraban, acabaron con la vida de sus propietarios: las paredes que clausuraban las esquinas estaban manchadas con sangre, pieles…carne.
Aquella noche nuestros líderes se reunieron a puertas cerradas. Se cuenta que los llantos de los sargentos y de los líderes de escuadra podían conmover hasta al esqueleto más recóndito de los infiernos. Las ferias desde entonces son fuertemente custodiadas, nadie ha podido disfrutar paseos o trillitas nuevamente. Y el miedo de ver realizada la geografía de la maldad –esa conformidad al trauma de todos- terminó por encausar guerras y exterminios…pero busque usted, en cualquier lugar del terreno, a ver si puede hallar nuestras cabezas porque pienso, me viene una vaga idea de vez en cuando: Y creo que indica que nosotros, los cartografiados, hace siglos nos venimos extraviando.

En esta entrada de Daniel Pommers para La Generación del Atardecer Presenta: se exploran, mediante recuerdos, la vida del violinista Julius Schulman, y,  su inescrupulosa pero gratificante miseria de compositor de mundos.  La memoria en este relato funciona como armadura y aparato de persuasión del misterio de pasar cada segundo en detención, cada manifestación en eterna pérdida: el violín yace muerto…usted tiene la misión de revivirle.

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La casa parece ser desfavorable.  Con solo escuchar el timbre de entrada se hace evidente, el sonido no rinde gratitud a visita alguna.  Cuando entras no hay recompensa, solo multitudes descoloradas de columnas y pasillos.  Al subir las escaleras que llevan a las habitaciones de reposo, sientes la repugnancia de cada escalón para contigo y, las decoraciones son incomodas – son extrañas y no son de usted, ni para usted ni para nadie.  Antes de la mudanza usted solamente estaba supuesto a las ulceras que todo buen músico ha de tener por ser buen músico.  Ahora noto variaciones en su conducta, parece un muerto, realmente, esta casa es un atadura.  Usted debe zafarse lo antes posible por favor.  Quisiera verlo intoxicado con su música nuevamente.  Quisiera que se enamorara de la madera y del hilo, como siempre fue.

-          Yo le agradezco mucho que muestre tanta preocupación, sé muy bien que no es su menester perjudicarme o verme caducar en este lugar.  Puedo entender que he colgado mi violín en la pared como un almanaque de los tiempos sin perseverancia y sin eventos. (Coloca sus manos en los bolsillos del chaleco, luego continua) Sería una pena… (acercándose lentamente hasta los oídos de su hermana)…que toda esta tristeza y perplejidad te convierta en otra persona.

-          (Retrocede unos pasos para acomodar su espalda en un armario) Por mí no se preocupe.  Soy demasiado joven para permitir que cualquier daño se involucre seriamente conmigo. (Sonríe)  Solo quiero que seas libre nuevamente.

-          Gracias pequeña.  (Se despide con un apretón de manos.  Su hermana le da un beso en la mejilla para luego pedalear su camino lejos de la propiedad)

No pienso ser insociable toda la vida.  Si es que toda la vida fui algo insólito pero no despreciable como ahora.  Tengo todavía muchas ansias de tocar y crear hasta perderme en las matemáticas de mis dedos y de los compases; aun así para matricular mis facultades a nuevas situaciones, era necesario enterrarles y enterrarme.  Como he sido dañado quiero perfumar cada segundo de mis melodías con tonos permutables y cortos y distantes entre cada uno de sus sonidos.  Pienso todo el día en el día en que mi violín peregrine hacia otra dimensión que me atrape y embruje como antes: ¡mejor que antes!  De todas formas, mi hermana se equivoca al sentenciar a la desquicie todas las columnas y ventanas y paredes de la casa.  Esta casa es como tan fría como tan pura.  No deja espacios discordantes, porque imagínese, la sala principal conecta hacia los recovecos menos pensados de la propiedad.  Hasta su jardín –nefasto como ninguno- se me figura como un anexo del sótano y sus ventanas, cuando amanece, parece hacer sinfonías con los reflejos de las hojas y los insectos que circundan este lugar.

Esta casa ha sido la paliza más bochornosa.  No tenía idea de que mi rigidez condenaba al purgatorio cada acorde, cada pieza y pensándolo bien, esta casa le dio un disparo de muerte a la mentira que creía por integridad.  Antes de la casa solamente jugaba con ser  violinista.

Una de esas tardes que me sumergía en onzas incontables de licor, ocurrieron los hechos.

Me disponía como era lo usual, cuando la borrachera terminaba por nublar mi visión, a levantarme del  sillón que miraba hacia la parte posterior de la residencia.  En múltiples ocasiones fui víctima de la torpeza y, puedo decir –con toda honestidad- que he sabido estar largas horas entre el laberinto que son los sueños y entre los pliegues de la alfombra desgastada que servía de suelo en la habitación.  A mi entender no pasaron diez minutos tratando de ponerme de pie cuando pude darme cuenta de lo que sucedía.  Desde el patio trasero se podían escuchar voces.  Miré por la ventana y observe cómo mi hermana discutía fuertemente con quien desde hace algunos meses había decido casarse y sentar cabeza.  No podía escuchar las palabras o el argumento de la discusión, tan solo reconocía la voz agitada de mi hermana.  Observé cuando una tercera persona entró en la discusión.  Se posicionó al lado de mi hermana.  Callado.  Inmóvil.  Sentencioso.  Mientras la pareja parecía incomodarse con cada segundo que transcurría, aquel hombre desconocido solo mostraba un estado de animosidad hacia el esposo de mi hermana.  Mirándole fijamente.  Cuando me dirigía hacia la puerta que me abría camino hacia la escena que, sinceramente, molestaba no solo por los gritos sino por el hecho de que mi hogar, siendo este mi aposento y lugar de escape, no debería ser -en ningún momento- asilo de tertulias malogradas o de problemas que no conciernen a este costal de huesos o a la casa en sí, escuché una fuerte detonación.  Abrí la puerta y observé a mi hermana y al desconocido con los ojos bien abiertos, encolerizados y embrujados por alguna extraña facultad abismal.  En las manos del hombre un revolver.  En el rostro del esposo de Margot una herida.  Su cachete sangraba.  Inmediatamente comenzó a gritar.  Lloraba mientras le reclamaba razones a Margot.  El desconocido tomó de la mano a mi hermana y con un empujón violento me tumbaron al suelo para salir corriendo.  Esa fue la última vez que vi a Margot.  El esposo, gracias a la mala puntería o inexperiencia o quizás intenciones vagas del tirador sobrevivió a la contienda.

No dolió el disparo.  No importó nunca volver a ver a mi hermana.  Mucho menos ver la cara cicatrizada de Elliot en los años venideros.  Lo que me causó una herida fatal fue que a los días, pasada la conmoción, pude notar un hueco de bala en la ventana.  Al seguir el trazo del disparo me di cuenta de lo que realmente había sucedido.  Colgado de la pared como un almanaque inservible yacía mi eterno cónyuge de las melodías.  Y yacía muerto.  Un disparo atravesó su madera rompiéndole las cuerdas y truncando completamente su composición.  Traté de revivirle pero fue en vano.  Nunca más volví a tocarlo.

Esta entrada de Daniel Pommers para La Generación del Atardecer complementa y completa el calamacazo distópico en donde el retumbe y el ritmo del polvo se abrió camino desde la maleza para, a vuelo de mariposa, poder asfixiarnos de una vez y por todas  en el pantano que fue, en aquellos tiempos…tiempos estos que nos engullen.

Historia Continuada. Parte Final.


-La caja era una Recompensa-

En su interior encontré dos discos en pasta: Ninguno tenía rotulación. Ambos ecuménicos impartieron en mí una extraña curiosidad.
Pasé un mes entero conviviendo con los discos. Observándoles. Limpiándoles. Arrojándoles. Nunca los escuché. Nunca los escuché hasta que un día –un día glorioso- de borrachera, corrí a recogerlos, y, luego de desempolvar el toca discos, me apresuré (casi cayéndome por los estragos del licor) a colocar uno de los discos en la reproductora.

Y esto fue lo que escuche:

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Mi cuerpo se encrespó. Sentí como fuertes ondas transformaban mis pieles callosas y adormecidas en electricidad. Una presión violenta que hundía mi pecho provocó vomitos que todavía, al sol de hoy, no podría explicar. Aún así, fue mínimo el dolor. Toda la maquinaria se llenó de colores: Anaranjados y cálidos. Cuando miré hacia el espejo, el reflejo de mis huesos danzaba y se hacían concretos. Se convertían en cuerpo. Bailando pude sentir los pies nuevamente. Es imposible suponer que romper con el monstruo ese monolingüe de la vagancia sería tarea fácil. Por lo que decidí –debido al hallazgo musicalezco y polícramo que movilizó mis sentidos- escuchar el otro disco.
Y desde que comenzó a sonar, más alla de las letras y de las melodías, entendí:

Entendí que no somos simples hipérboles de roña moribunda.  Que engullir las horas en barbarie nos hacía alguien: Cualquiera.  Nos convertía al cualquiera que se lo lleva el viento, el sucio, las tormentas o los matorrales.  Y que ese extraviarse no era siquiera la libertad de una existencia del anonimato que nos hace, precisamente, libres:  Sino que ante la rifa y la mazmorra de los días (con cada segundo transcurrido), funcionaríamos como penumbras, jamás como mechas, ni de la muerte ni de la nada ni de lo que realmente quisiéramos.  Comprendí que debía ser uno soberano de sí primero, para luego –cuando la reproducción de uno mismo no fuera puro sacapuntas de la arbitrariedad- poder implorar cosas hermosas.  Poder ser nuestra herramienta. Poder convocar avalanchas cargadas con vivencias para nuestro bienestar, no para la otra cosa: Para nosotros.
Así hasta el presente momento.  Me marcho de aquel lugar.  Mientras camine en dirección contraria a ese Pueblo, sabré que cada paso lo doy hacia el porvenir.  Nada de remordimientos. Me largo pero en mi despedida he dejado una sorpresa monumental. Pasó largo tiempo pero luego de haber despojado mi vida de las garras del pueblo, decidí que sudaría todo mi esfuerzo para elaborar una solución. Mi partida, más allá de huidas (si así lo quiere ver usted), es más compulsoria que un capricho de puras tramas del escape.
Los cimientos de nuestro Pueblo se irguieron sobre terreno pantanoso. La maleza tan asfixiante como era, detuvo durante largos años el hundimiento del pueblo. Ahora y, gracias a la invención de un reproductor de ondas que provocaría una inmensa dispariedad en las placas tectónicas; el pantano se convertiría en arena movediza. Por eso esta mañana, mientras todos dormían, coloqué altavoces en todo el pueblo. Hice sonar una vieja alarma de emergencia por algunos minutos. Nadie se mostró preocupado. Luego encendí el toca discos para que retumbara todo lugar, toda partícula, todos los insectos del lugar. Cuando volteé aq echar un último vistazo a lo que algún día llamé hogar, logré observar cómo el pueblo entero se hundía. Y finalmente se escucharon gritos de desesperación, llantos de auxilio y voces que procuraban otras voces. Y escuché cómo se rompían las viejas edificaciones, una por una, truncándose y sometiendo al fango a sus habitantes. Y como lo que habitó una vez en aquel lugar había perecido hace mucho, nadie nunca –excepto este servidor exiliado por obligación- se percató de que más allá de la podredumbre, de la miseria y de la suciedad de nuestro lugar, miles de mariposas habitaban desde tiempos inmemorables las casas y los alrededores. Desde aquí se siente el aleteo libertador de sus alas arropándolo todo. Al cielo no se le veían nubes aquella mañana, las mariposas en su teatro terminaron por asfixiar a los pocos que permanecían en la superficie.
Y no piense usted nunca en indagar más sobre aquél lugar. No vaya usted a fantasear con una taxidermia de aquél lugar. Después de todo, no creo que sobreviva ni el mínimo residuo de lo que fue. No obstante, si desea usted tener un romance con la nostalgia del pueblito de Jamespring, puede, si quiere apaciguar su inquietud tarareando noche y día aquellas melodías hacerlo. Pues es mejor oxigenarse en resplandores que someterse a la casería ciega de tumbas desheredadas de sí. De tumbas ausentadas de inscripciones o membretes.

Merri crismah tuh ohl

By Daniel Pommers on diciembre 27, 2009

En esta entrada Daniel Pommers le envia una felicitación muy peculiar a las fiestas navideñas.  ¡Salud y buen viaje!

“Dreamed I was a tidal wave.
I ravaged your coast,
There were no survivors.”

-Jawbreaker-

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Cuando desperté me esparramaba encima de toda la costa sanjuanera y, en segundos pude sentir entre mis dedos a las cuarenta familias más emperifolladas de Condado, ahogándose en mí -al menos intentando salir a flote. Pero el hecho de ser su muerte, de ser su día final: no provocó ni el mínimo sentimiento de vergüenza. Saltando y dándose contra la espuma. Llevándose mis aguas y lo que son mis aguas vivas a la boca y entrándole por el cogote y atascándoseles en el vientre. Entonces el llanto. Entonces el remordimiento: Solo suyo.
Luego de unos meses del evento inicial –del ahogamiento- me había asentado en una casita en la costa sur de la Isla. Y como los compas de La Parguera son así como yo, así como ermitaños (tan solo en apariencias), podía entonces ajustar mi desquicie al planeamiento de alguna que otra travesura bien efectuada…no a la sin razón antes evidenciada. Para entenderme entre los amigos del pueblo solía enredarme en las discusiones sobre la temporada pesquera, solo de esta manera pasaba como un simple viejo cascarrabias con manías de viejo cascarrabias que solo habla sus delicadas pero inútiles versiones del buen vivir. Y no solo narraba mi buen vivir a los amigos, también me presentaba en las reuniones de la comunidad con el Alcalde para discutir las buenas o malas nuevas que se avecinaban para Lajas.
Pero un día una de las asambleístas de la alcaldía me hizo un cruento desaire.


Me dijo con la voz más excitada del mundo lo siguiente: “vamos a hacer el ovnipuerto porque ahora que ganó el negrito ese podemos darnos el lujo de capturar a todos los neohippies de la isla y traérnoslos para Lajas y hacer campings y fiestas alocadas y quién sabe si hasta legalizamos la marihuana en nuestro pueblo… ¿qué le parece?” –al terminar esas palabras, suspiré gravemente por eso de no darle una bofetada abismal a la criatura que balbuceaba erráticamente sus pensamientos en mí y, di la media vuelta para respirar y respirar, solo eso.
Seguido a la nota tan peculiar de la damisela de la ordenación municipal, decidí organizarles a nuestros políticos una cena navideña. En la misma tendríamos la usual bebelata puertorriqueña de pitorro, comedia, parrandas y por supuesto: una suculenta cena del país. Arrocito con gandules, lechón y pavochon pa’ la dieta, ensalada de papa, y los pasteles de la Sra. Ginebra. Ay esos pastelitos de masa cerdo con sabores ocultos y celestiales. Era como meterse un fufú rico a la boca. Era como meterse a la boca un tremendo y suculento despojo de todos los males. Pero personalmente le agregué una deliciosa y peculiar especia adicional. A cada uno de los pasteles se le administró una hermosa dosis de gargajo, dosis que fue meticulosamente escogida y recogida en una cubeta desde la boca de todos los veteranos del pueblo. Dejé que se marinara bien entre las hojas de plátano, la carne y la masa y, ¡chan chan chan! Ahí fue a parar la bilis de Vietnam y de Corea: en la panza de la municipalidad. Al final de la noche, para concretar los actos protocolares, estuve a cargo de la despedida. Y como solo yo sabía que sería mi propia despedida de aquel lugar, tuve la gracia de la sinceridad para darles a todos los asistentes una muy cordial palmadita en la espalda, claro, para luego proporcionarles una ¡senda bofetá de cachete a cachete! Y así lee el comunicado de fin de fiesta:

Espero que haya sido del total agrado para ustedes esta estupenda cena misericordiosa. Espero con el alma que entre las risas y las panderetas hayamos podido mejorar nuestra calidad de humanos para lograr mejores bríos para nuestro pueblo. Y les dejo en sus pancitas una sorpresita, claro que sí. Les dejo una huella de majestuosidad y del jarabe de nuestros compueblanos. ¡QUE VIVA! Esta noche, cuando se hayan cepillado los dientes…cuando estén dispuestos a dar los últimos bostezos antes de la cama, piensen en lo siguiente: Un día como hoy nuestros hijos e hijas celebran la navidad en un desierto que es probeta de enfermedades y locuras y problemas de la espalda y de veneno en su sangre y en sus pieles y en su cabeza que hueca como fue para luego ser llenada de metralletas y de gusarapos de cadenas de mando y de ligeros remordimientos en principio pero que luego se hacen eternos disgustos con la vida y con el mundo y con la vida de todos. Que eso de planes para el entretenimiento no es malo pero no es suficiente para darle la mano a la hecatombe de generación que luego de su exilio volverán a su patria del Ovnipuerto. ¡Váyanse todos y todas a la mierda!

“Maybe I’m obsessive to think like this.
Probably not impressing you with my cheap tricks.
Honey, it’s depressing what depression does to some.
I’ll play the part for hours
But I know you’ll never come.”

-Jawbreaker-


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