En esta entrada para La Generación del Atardecer, Daniel Pommers, narra la continuación y parte final de uno de los muchos pedazos desiguales que dan forma a la colección de escritos bajo el título, Escotilla 29.
Continuación…
“The wheels are turning and
the world is burning as
all fall to sweet defeat.”
-HWM-
Es entonces cuando la tristeza más terrible de todas me consume las entrañas. No hay manera de localizar la escotilla, es humanamente imposible dar con su paradero; menos cuando los esfuerzos del grupo están dedicados a la supervivencia; a nuestra ocultación. No puede ser fácil hallar leyendas ―esporádicamente tal vez― pero apuntar a un imposible, (dirigirse a un mejor lugar) es menester cuando la norma es que desaparezcan súbitamente tantos. El responsable a duras cuentas no puedo ser yo, tampoco la búsqueda interminable de la escotilla. Quien debería cargar con el peso de nuestro dolor es el Volcán Ramírez: esa guerra que nos aprieta. Por supuesto, hecatombes como la del veintiséis de octubre pudieron evitarse. Pero luego tuvimos tiempo de sincronizar filas para repostar, y hacerlo era imperativo.
Y bajo estricta confidencialidad, un diminuto grupo se dio a la tarea de elaborar un plan de contraataque. Luego de estudiar múltiples opciones, llegamos a una conclusión que prometía dejar en cero a las investigaciones de la zona central y del Volcán…
“We are but wayfarers with a wish to stay alive for a cause and for a dream.
There’s much to move in a moving sea.”
-HWM-
Colocando mi cuerpo en el suelo para arrastrarlo rápidamente hasta el desagüe. El desagüe sirve de escupidero para la Central de Investigaciones. Huele mal pero llevo una mascarilla. Con mucho cuidado cargo una mochila impermeable, en su interior guardo una sorpresa para los guardianes de la Central. Llevo conmigo una diminuta navaja por si la situación es meritoria. Tengo conocimiento de que las cámaras dejaron de grabar hace ya más de diez años, según lo indicó el informante. Entonces encuentro la entrada, la que demarca el salón de archivos, donde es guardada una espeluznante base de datos en relación a la disidencia. Saco de la mochila un radio transmisor de baja frecuencia. Al meterme en el canal de los guardianes logro escuchar en frecuencia que ha llegado la hora del relevo:
Todo el personal favor de dirigirse al salón principal para la entrega de sus respectivos informes de turno.
Ahora es cuando emerjo a la superficie de la Central. Y lo que me ha tocado encontrar es horrendo. Lo que encuentro figura como una pesadilla interminable. Entonces observo cómo en las paredes laterales, techo y en el suelo del inmenso salón se encuentran almacenados los perfiles de miles y miles de sospechosos. Sus rostros estaban iluminados por un sádico verde que hacía un contraste lúgubre con los expedientes y con la blancura del salón. Por algunos segundos permití que los millones de bits investigativos arroparan mis sentidos. Tenía el cuerpo paralizado. Sacudí mis ojos y caminé por el laberinto informativo hasta llegar al Archivo Central, a la memoria. Me apresuré a sacar la bomba de la mochila, luego de observarla detenidamente la coloqué bajo el regazo de la Memoria. Cuando las líneas para la detonación estuvieron funcionales, confeccionar el cronometro según lo planeado, me otorgaría doce minutos para retornar a terreno seguro. Y así lo hice. A mis espaldas no quedó ni un minúsculo rastro de mí. Al adentrarme en la maleza para escabullirme, sentí el estruendoso movimiento de tierra, “glorioso”, pensé. El mecanismo de intercepción por archivo de la zona central ha dejado de existir. Y sentí regocijo de pensar que en Isla Grande no sospecharán de la tercera vertiente…al menos una noche estaremos seguros; por ahora tendremos tiempo para pensar en el paradero de la escotilla, en nuestra liberación.
Fin




























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