En esta entrada para La Generación del Atardecer, Daniel Pommers, narra el encuentro de un joven con la lógica matemática de un oficioso profesor.
“Said love Fear And emotion Stay separate”
La dura verdad que le hizo una grieta a mi espíritu me la dijo un señor que daba la clase de matemáticas avanzadas. Yo estudiaba en una academia militar a la cual asistí desde el preescolar hasta que llegó el momento de graduarme de la superior. Para usted, quizás sea conveniente respirar con empeño (me refiero a ejercitar sus pulmones como el doctor lo aconseja), permitiéndose una rápida adquisición del germen que está próximo a invalidar cualquier resistencia en su organismo. Le aseguro que hasta las defensas del linaje más recóndito necesitaría (al menos) dos gargantas para tragar el banquete que espera por usted. Así que despídase de una vez del usual gesto que le hace disimular una sonrisa cuando se encuentra frente a una adversidad repentina.
“Can we ever see eternity Or do we bore ourselves to death”
Cada vez que llegaba a la clase de matemáticas me sentaba en la esquina derecha del salón, y si había un espacio disponible contiguo a la pared, en seguida iba a conquistar la estratégica latitud. Todos los días, durante unos cinco meses (para ser exacto) repetí la conducta de ocupar mi esquina. La razón era sencilla: estaba a sólo pasos de la puerta de salida. De esta manera, cuando el maestro daba la espalda a los estudiantes y cuando decía, Chuchitos, voy a copiar el bendito ejercicio en la pizarra otra vez (porque así nos apodaba pues encontraba en nosotros cualidades de cachorros sin cerebro) y por undécima vez les repito… (llegó a decirnos muchas veces). Como el profesor no añadía ni quitaba palabras a sus frases, yo sabía que memorizar la rutina del anciano (porque el señor cargaba con sus ochenta y largos años de edad) significaría calcular el tiempo para saber cuándo escaparme. Tan pronto se paraba frente al grupo y cerraba los ojos para hablar, ya mis sigilosos pasos me habían transportado por el pasillo y hasta el baño de la facultad que quedaba a una distancia de más de cuatro salones.
Sucedió que un día, el anciano me pidió que permaneciera en el salón después de la clase. Me dijo que deseaba charlar algo conmigo. Y así lo hice.
“Time… Time goes by and nothing changes”
Sus palabras retumbarán por siempre en mis recuerdos: ”Se me acabaron las escapadas”, pensé Siéntate chuchito, tenemos que hablar, dijo… ¿Nunca te he dicho del tiempo cuando serví en Granada como soldado en la Torre del Vigía? ¿Ni cuando fui herido y enviado de regreso a la isla?; manifesté una negativa mudamente, moviendo la cabeza.
Luego el anciano dijo… Llevábamos algunas horas de dura caminata.
Y esto fue lo que ocurrió: frente a nosotros se dibujó algo… al principio era como si presenciáremos una típica holografía pero, en nuestras manos, pechos, orejas, también sobre nuestras cabezas, bueno, al fin y al cabo, ningún muchacho de tu edad quisiera escuchar una cosa aburrida como esa. Escuché el rechinar de una voz; y por más que busqué en los alrededores, no vi a nadie.
¡Pero!, grité; tal vez la falta de comida y de medicamentos para controlar mi esquizofrenia fueron los responsables de que mi cerebro entrara en fricción con la realidad. Pero, vi cuando una gigantesca sombra se hizo sentir por todo el salón. De repente, un soldado entró corriendo por la puerta del salón. Repetía en voz baja y para sí:
Un árbol gigantesco y oscuro. Una sinfonía de gritos. Perdimos al escuadrón treinta y cuatro.
Escuché varios disparos lejos de mi ubicación. Me fijé que el soldado calzaba botas de combate, cargaba una mochila y un radiotransmisor; de igual manera, estaba acompañado por otro joven soldado que vestía como yo (camuflage). Teníamos los mismo colores e insignias.
Permaneceremos en esta posición, dijo. Me entregó sus binoculares y con el dedo hizo que yo orientara la mirada hacia un frondoso pedazo de jungla que se encontraba a unos pocos kilómetros del salón.
Desde aquí siempre se ven lunas fugases, luciérnagas prendidas en fuego… flores, pero las flores están cerca, muy cerca; sentenció.
“But here we are With limitations taking place today”
Entonces un hombre emergió de la jungla y se acercó a nosotros; corría y ardía en llamas cuando entró al salón. Parecía un pedazo de roca negra, y estaba furioso. Yo diría que estaba llorando ceniza, pues su rostro estaba maltratado y tenía múltiples quemaduras. Sus pantalones estaban bañados en sangre y tenía muchos pelos en la cara, así como en la mayor parte de su tórax.
“Can we laugh at ourselves Or do we fool ourselves today”
Nunca lo olvidaré. Así relató el hombre:
¡Una fiera nos atacó! Tenía la fuerza de cien demonios, y todo su odio lo dejó caer en nuestras gargantas, en nuestras axilas, asfixió nuestros caballos. Y yo con el dolor de ver la torre de vigilancia desde el suelo, desangrándome… y tuve el horror de escuchar que en la torre habían fiestas y vino y mujeres y otros y dulces, y las flores siempre cerca. Y juzgaba a mi enemigo por maltrecho y le gritaba que se regresara al infierno y ¡¿por qué?! Por qué degollar nuestros pétalos y por qué no nos dejas ir a nuestra torre, allí siempre hay amapolas en el pecho de nuestros hermanos vigías, y los cambios de turno y los besos en la mejilla y nosotros, siempre juntos.
El soldado balbuceaba hasta que de repente cayó rendido a nuestros pies y dijo, Y yo aquí, siendo el muerto de una criatura sin alma. Siendo devorado, siendo maldito por la leyenda sucia que nos contaron las ancianas de este extraño país. Y cuando muero, muero como un vigía y no como su oponente o como el desgraciado que impone su voluntad por ¡por lo que sea!
Luego sus labios se cerraron y lo perdimos. Revisamos su cuerpo; salía mucha sangre de su boca, le faltaban dientes y sus manos ya no eran manos pues no tenía dedos. Algo había devorado a este pobre hombre.
Dicen que hay un lobo con cien espíritus burlones en la mandíbula. Su hambre es tanta que nunca duerme, se alimenta de los sesos aventureros y hace garabatos con el hombre sin oficio; dijo el profesor, mientras cerraba la puerta, yo, temblaba.
Conveniente fue cuando sonó el timbre anunciando la próxima clase. El anciano recibió a otra clase y yo seguí mi camino, era la hora de Química; los minutos pasaron volando hasta la hora de salida. Aquel día abrí el cuaderno de matemáticas con la esperanza de entender los números y las malditas ecuaciones, pero fue caso perdido.
“Well here we are…
With limitations sticking day to day
Still playin’ with rattlesnakes today
Still playin’ with rattlesnakes today
Still playin’ with rattlesnakes today
Still playin’ with rattlesnakes today
Still playin’ with rattlesnakes”
—7 Year Bitch—




