Bélico medicamento

¡Comparte!

    En esta entrada para La Generación del Atardecer, Daniel Pommers, narra la caída de una aldea que conoció la ciencia de Cles Riviero.

    “You want more money -of course I don’t mind. To buy nuclear textbooks for atomic crimes…”

    Cles Riviero sabía que algo andaba muy mal.  Permanecía día y noche en la cabaña, hacía cálculos y anotaciones en su cuaderno de novedades.  Cuando la sensatez de su conducta era cuestionada en la intimidad del hogar, Cles (manejado por un oficioso carácter en autopiloto) balbuceaba un torbellino de ideas y observaba los ojos de su mujer.  “Tantas cifras van a enloquecer al pobre hombre”, pensaba su esposa y le acariciaba las orejas a Cles.  Pero, siempre eran breves los segundos que Cles consentía esas caricias; con tal de expulsarla de la oficina, le daba una ligera palmada en la espalda y disimulaba una sonrisa.  La mujer entonces lo ignoraba y seguía en sus menesteres; Cles, hundía sus pensamientos en el mar de documentos que había apiñado sobre el escritorio.

    Debido a varios casos extraordinarios que se registraron en la aldea, la compañía le ordenó a Cles que hiciera un reporte detallando sus hallazgos para mostrárselos de inmediato a la asamblea vecinal.

    Los siricios eran una tribu originaria del Monte de la Marmota; como habían pasado tantos años comiendo ganado enfermizo, terminaron engordados con un manjar bastante desquiciado de parásitos: grandísimas y peludas lombrices se les habían pegado al estomago.

    Con el claro objetivo de segregar a los enfermos de las estirpes saludables que poblaban las cercanías, los contagiados fueron removidos de su hogar y transportados hasta un sanatorio en la costa sur de la Isla; a un complejo de edificios que había sido construido durante la Última Guerra como refugio para las tropas clericales.  Allí, los siricios eran preparados para la limpieza.  En teoría, la limpieza consistía en extirpar cualquier organismo que hubiera penetrado las entrañas del paciente poco antes de ser ingresado.

    “Some people might get some pleasure out of hate.  Me, I’ve enough already on my plate”

    El candidato a purgación era escoltado hacia el cubículo de inscripción reglamentaria para ser fichado; allí, era sometido a un breve examen médico, proporcionado por un enfermero de tercer rango.  Los resultados del examen eran transcritos a toda velocidad por un escuadrón de secretarias: edad, peso, signos vitales y síntomas visibles eran reducidos en un simple cuestionario de diez encasillados.  Para cuando el cuestionario llegaba a manos del enfermero en jefe, su única labor era marcar, “Sí” o “No”, entre las opciones que describieran el estado general del paciente.

    Estos resultados iniciales iban directo a la Farmacéutica S.U. Todds, donde, en cuestión de minutos, un software escaneaba los datos y producía el diagnóstico esquemático que dictaba el futuro de la persona.  Los pacientes fueron etiquetados dependiendo la magnitud del contagio; los niveles de glucosa en la sangre funcionaban como indicadores para definir tal anomalía.  Cada paciente era marcado (mediante táctica quirúrgica) en la palma de la mano, con el número romano del recinto al cual estaría confinado.

    Una vez fichados, eran colocados en una de las numerosas unidades que conformaban los recintos de limpieza.  En el Purgaderum, los candidatos tenían la oportunidad de ser despojados de todos sus males.

    Tal vez el despojo habrá sido la faena más sencilla para los funcionarios del sanatorio; considerando el hecho de que se limitaban a observar desde un tercer piso cuando sucedían las atrocidades.  Su tarea era velar que ningún paciente experimentara sufrimientos excesivos o muerte por asfixie.  En esa temprana fase de la limpieza, los candidatos eran desposeídos de la vestimenta y colocados en butacas que, además de controlar todo movimiento, tenían la capacidad de medir la temperatura corpórea, a la vez que funcionaban como una especie de sillón termostato.  Si el asiento se tornaba color amarillo, el sistema de regulación de temperatura se activaba; sólo entonces, una inyección surgía desde el suelo hasta que, lentamente, el escalofriante dispositivo entraba por el ombligo del paciente y se acomodaba en su hígado.  Un espeso cóctel de medicamentos era liberado con la intención de alterar los niveles de resistencia del sistema inmunológico.

    What you see  is what you get.  You’ve made your bed, you better lie in it”

    El despojo era la primera amonestación, y la más temida por los infortunados candidatos. . .así se les escuchaba comentar a los recién llegados cuando conocían de aquellas habitaciones.  Debido a tan monstruoso procedimiento, era normal que por cada docena de siricios que entraba en los salones, solamente un cinco por ciento del grupo preservaba la vida.

    El paciente cambiaba de colores: azul oscuro, anaranjado, verde.  Si el paciente (si el angustiado siricio que fue sacado de su querido monte para vivir en carne propia las voluntades del bienestar médico de avanzada) adoptaba un color amarillento, era eliminado ya que, en el tercer piso, un soldado del Purgaderom tenía ordenes de volarle los sesos a cualquier tarjeta amarilla que avistara.
    “El Purgaderom… ¿Cómo pude consentir tan horrenda realidad todos estos años, sin siquiera percatarme de lo obvio?”, Cles se machacaba en silencio mientras un agente de la compañía lo observaba.
    —Bueno, ¿para qué ha venido al Distrito?  Han pasado cinco minutos y usted no ha abierto la boca.  Ni siquiera sé cuál es su nombre.  Lo único que conozco de usted, es que dice ser empleado regional del hospital en Marmota.  Bueno, eso le ha dicho a mi secretaria.
    —Disculpe, señor, es que. . .
    —Yo sé que allá en el hospital, ustedes tienen tiempo para darse un rico café y para charlar como buenos colegas sobre sus logros o sus tristezas y, sólo Dios sabe de cuántas estupideces más, pero —dice el investigador de Asuntos Internos, golpeando una y otra vez el tablero de su mesa con un bolígrafo—; aquí —poniéndose de pie, con los ojos puestos en la visita—, no tenemos ni las ganas ni la intención de perder un segundo en conversaciones de ese tipo. . .así que tendrá que excusarme.
    —Por favor, oficial, preste mucha atención.  Mi nombre es, Cles Riviero, soy el oficial encargado de los empalagamientos allá, en el Purgaderum.

    “You choose your leader and place your trust, As their lies wash you down and their promises rust”

    Cuando el investigador escuchó con detenimiento la voz de aquel anciano, su pecho se llenó de alegría.  Sin embargo, decidió que todavía no era momento para entrar en planos intimos con el visitante.  El investigador no se permitiría ofuscar ante la emoción; aquella era la cálida voz que durante años había mantenido a Asuntos Internos al tanto de las novedades ocurridas dentro del sanatorio.  Resolvió mantener la distancia hasta conocer los porqués de la irregular visita.  Volvió a sentarse, en esta ocasión, dedicaría toda su atención al anciano.

    —Bien, doctor, usted dirá, cómo puedo ayudarle.

    —Conozco muy bien las consecuencias a las que me expondré con las siguientes alegaciones.  Aún así, estoy dispuesto a aceptar con tranquilidad la resolución que me sea impuesta por este departamento.

    Fue entonces cuando el investigador puso todos sus radares en alerta.  Tenía los ojos bien abiertos y había dejado de parpadear (haciendo que el contraste de oficios entre ambos empleados fuera cada vez más axiomático).  Como si hubiera una contradicción abismal entre ambos: como ocurre cuando una hormiga guerrera encuentra a otra que pertenece a su propia multitud vagando sin rumbo.  Aunque la hormiga industriosa sea fiel servidora (aun siguiendo al pie de la letra los estratos que regulan sus funciones dentro del hormiguero), en el preciso momento que decidió aventurarse por su cuenta, asimismo rifaría su suerte al cielo más dudoso.  Habiendo escogido las maravillas de investigar afuera de su guarida, tendría la desgracia del peor destino; pues, tan letales como suelen ser las hormigas guerreras, no tienen sesos para vacaciones ni para apacibles paseos.  Sólo conocen en ellas fuerza y duro sacrificio; así le sirven a su reina, dándole de comer migajas y hormigas disidentes.

    En la habitación hubo una larga espera, acompañada por un silencio bastante molestoso.  La mirada inquieta del investigador era perturbadora; pero, fueron las lágrimas de Cles, cayendo llanas y sin contención alguna desde su rostro, quienes mediarían el apuro:

    —Preste mucha atención a lo que voy a decir, señor.  Entiéndalo, si yo hubiera deseado dañar a nuestro régimen, no estaría en esta oficina.  Hace mucho que me hubiera fugado hacia otras coordenadas.  Le aseguro que estoy exactamente donde quiero, y pronto sabrá porqué.  Señor investigador, aquí tiene. . . —dijo Cles, mientras colocaba encima del escritorio un pequeño frasco que contenía una especie de liquido amarillo y denso—, durante años, hemos estudiado la toxina que ocasionó el exterminio de la estirpe de siricios nacidos en la región montañosa de Marmota.  Jugamos a ser científicos, constriñendo, lacerando y aniquilando a la tribu.

    “Este hombre está muy aturdido, no entiendo con qué propósito ha venido a mí.  ¿Qué será este fluido tan raro?”, se cuestionaba el investigador cuando, de repente, vio la mano del doctor Riviero destapar el frasco.  Un movimiento brusco que respondía a la torpeza del anciano, hizo que el liquido se derramara sobre el escritorio.

    —¡Qué le sucede hombre! ¿Acaso ha perdido la cabeza?

    —Para nada señor, porque no hay de que…

    —¡Tenemos una emergencia! —el investigador cursó por la frecuencia de su radio portátil.

    —Pero, no. . .

    —No diga ni una palabra más y tírese al suelo. . .ponga las manos en la espalda, muévase —indicó, sacando su arma y apuntándole al doctor—, cómo se atreve a venir aquí y liberar el virus ¡ha perdido la cabeza!

    —¿Qué ocurre, no me recuerda?

    —Claro que sí, y qué importa, acabas de traicionarme.

    —Pero si hemos intercambiado información por años y yo no sería capaz de. . .

    La emergencia fue confirmada por la frecuencia, y en pocos segundos una gran cantidad de soldados ya se había aglutinado en el exterior de la oficina.  Vestidos con trajes de cuerpo completo y con mascaras de aire, entraron en la oficina; tenían que remover al investigador a la mayor brevedad posible.  Uno de los soldados identificó al intruso con increíble rapidez. Dos disparos en la sien neutralizaron al doctor.

    Para sorpresa de todos, el investigador se había abrazado al cadáver del anciano.  Desorbitados ante la situación, forcejearon hasta sacar a su compañero de la oficina.  Algunos se percataron de que el investigador sostenía una hoja en su puño.  Al cuestionarle respecto a la procedencia del documento, el veterano investigador tumbó su espalda contra la pared, deslizándose hasta quedar sentado, con la mirada atontada, sin rumbo.  Abrió su mano, mostrándole el documento a los soldados, y dijo con serenidad:

    —El doctor Riviero encontró el antídoto contra la toxina.  Tan pronto confirmó el hallazgo, vino a notificarme los resultados.  Aquí está su formula.

    “You’ll see kidney machines replaced by rockets and guns                                                                              And the public wants what the public gets…                                                                                                              But I don’t get what this society wants                                                                                                                                I’m going underground…”                                                                                                                                                   —The Jams—

    Imagen de previsualización de YouTube

    ¡Comparte!

      Tags: , , , ,

      Autor de la entrada

      Esta entrada fue escrita por quien ha escrito 33 entradas en Frecuencias Alternas.

      Daniel Pommers (Ceiba, 1985). Estudió Sociología en la Universidad de Puerto Rico. Autor del libro El esqueleto presenta (Ríos Piedras: Editorial Bacanal, 2009); ha colaborado en varias revistas y periódicos como, Bacanal (varios volúmenes), La Polis, Hotel Abismo (volumen #6), Periódico El Rehén, TeknoKultura, entre otras, publicando cuentos, poemas, crónicas y ensayos. Actualmente escribe para La Generación del Atardecer en el blog de Frecuenciasalternas.com así como en Chocarreras.blogspot.com. Cursa estudios en la Universidad del Sagrado Corazón en el Programa de Maestría en Creación Literaria.