En esta entrada para La Generación del Atardecer Presenta, Daniel Pommers narra una estremecedora confidencia que ha sido tartamudeada durante años por cualquier lengua o silencio desde la comunidad tan dulce donde vivimos todos.
*Fragmento extirpado de la colección de textos inéditos titulada, Monstruos*
Que los ruidos te perforen los dientes,
como una lima de dentista,
y la memoria se te llene de herrumbre,
de olores descompuestos y de palabras rotas.”
—Oliverio Girondo—
*Primer fragmento*
Existía un soldado terriblemente grueso; tenía envenenados los ojos, el espíritu, la lengua y toda la porción frontal del cráneo; más allá de llevar un banal y simpático impedimento, su rostro ilustraba una degeneración descomunal y paradójica. Sus ojos parecían linterna/radiografía/trapecio.
El soldado tenía un amigo.
El amigo era loco y se había enamorado de la pensión que todos los meses le pagaba su antigua esposa, una señora que toda la vida pareció ser tan pero que tan tranquilita, (cuando la realidad era que la mujer estaba tan y tan y tan cansada de tener que bregar con el esquelético y flácido marido que tenía) hasta que una tarde, y luego de haber pronosticado que tan pronto advirtiera la posibilidad de saborear la otredad de alguna canita al aire no dudaría ni un segundo en consentirla, optó por apiñarse a la humedad y al ardorcito de un exquisito bomboncito de mantequilla que se atrevió a insinuarse.
“Love hurts, Love scars
Love wounds, and marks any heart
Not tough or strong enough
To take a lot of pain, take a lot of pain
Love is like a cloud, holds a lot of rain
Love hurts……ooh, ooh love hurts”
—Roy Orbison—
Ocurrió que abatida por una tiránica fiebre en el hemisferio de su libido, la señorona logró enmarañar a un muchacho que laboraba como cajero en el Colmado La Rosa, ubicado en la calle principal de Villa Margarita (uno de los Sectores más gloriosos del recién proclamado Gobierno Autónomo de Trujillo Alto). Pero bastanterápido se hizo popular el trapito al aire, y los secreteos del vecindario no tardaron en bautizar a la esposa del loco como doña Isabel, la Siempre Callaíta Pero Caliente y Dañosa Jiménez.
Durante la temprana etapa del No sabes que tu mujer te las está Pegando Incident, ambos (combatiente y divorciado) inseparables amigos de la infancia, solían encontrarse para almorzar: todos los días a las once en punto.
Juntos iban como ráfagas/aullando como lobos montados en una fantástica carcacha y nave con cuatro ruedas; una anticuada, difunta pero resucitada máquina de los años 50’s.
El loco decía que el glorioso Chevy no era cualquier carro pues en ese carro, un innovador dispositivo había sido escondido debajo del asiento del pasajero, y que supuestamente al momento de ser activado…
—Claro está —el loco y el soldado decían—con la antelada obligación de haberse uno leído hasta la saciedad el Manual para el Uso del Botón Increíble que meticulosamente los científicos de la Chevrolet habían preparado para esos modelos fabricados tan sólo durante un fugaz espacio de tiempo y financiados mediante el bolsillo y el cargo de un reducido número de clientes—
…entonces el propio vehículo sería quien automáticamente desmantelaría toda la carrocería, transformándose (y cito las palabras exactas del loco) —Como en una especie de jodienda ahí, tu sabes ¡como toda una máquina voladora!
—Mi hermano, el Chevy hace to’ eso hasta con los pasajeros dentro y no hay santo que toca o raspe a uno —el soldado atestiguaba y los ojos le brillaban como diamantes.
“I know it isn’t true , know it isn’t true
Love is just a lie, made to make you blue
Love hurts……
Ooh, ooh love hurts,Ooh, ooh love hurts”
—Roy Orbison—
Cierto era que ante tanto disparate no había alma que lograra aguantarse: ¡lágrimas y mocos le bajaban por los cachetes a cualquiera! Pasábamos horas riendo del loco y de sus ocurrencias de loco.
Pero, una noche —aquella borracha y leve noche— señor soldado y don loco quedarían tatuados en las vísceras de nuestros recuerdos, atropellando el mínimo intento de disfrutar toda conversación; incordiando, como si dependiéramos de la piedad que una histérica muletilla consintiese regalarnos.
Continuará…




