En esta entrada para La Generación del Atardecer Presenta, Daniel Pommers narra un encuentro con la histérica pero silenciosa damisela de la hampa, Lilia la O.
Extasiada tal vez ―oponiéndose a caer presa de la calamidad― Lilia la O coloca su Glock punto cuarenta sobre la inmensa nariz de Ramito; aterrorizado, Ramito comienza a llorar y a sacudirse del nerviosismo. Manejar un arma de fuego puede ser dificultoso para la mayoría de las personas, pero en manos de Lilia la O, incluso un desconsolado alfiler puede transformarse a la majestuosidad armamentaría del mejor tanque o buque de guerra.
Han pasado nueve desesperantes meses de ardua labor, no obstante, ninguno de los implicados se ha percatado de la vigilancia. Debido a mi ubicación (sexto piso/ventana inferior izquierda/edificio frontal) arreglármelas para bajar las escaleras, cruzar la calle, entrar al edificio y subir de nuevo seis pisos, es posible. Ahora bien, contar con el tiempo para ingresar en la habitación, efectuar el arresto e impedir el asesinato de Ramito más que suerte, sería un milagro. Situaciones como esta, confirman las palabras que los instructores de la academia vociferaban una y otra vez: El trabajo de investigador especial, no es faena para niños.
Aunque la muerte de más de una veintena de personas son atribuidas al mal temperamento de Lilia, por ahora lo mejor es esperar, darle tiempo a la señora para que recapacite, pues astuta y calculadora (cabecilla de numerosos psicópatas) jamás se había propuesto liquidar a un miembro de la organización.
―Centro de Operaciones al agente especial Mendoza. Indique novedades en su demarcación ―cursa repentinamente el retén del Centro de Mando.
“¡Carajo!” ―pienso rápidamente. Notificar la situación haría imperativo entrometerse en ella. Quedaría obligado a seguir el procedimiento. Comprometería mi identidad, la investigación, todo el progreso logrado, las horas extra, los nueve meses… ¡mis nueve meses!
Podría ser visto en los alrededores, pero sucede que apenas son las seis en punto de la tarde; y escabullirme entre el bullicio de los trabajadores que regresan a su hogar (los habituales vecinos), delataría la presencia de un intruso. Si por el contrario me hago de la vista larga y sorpresivamente Ramito resulta muerto, podría perder mi trabajo y ser acusado con cargos por encubrimiento y conspiración.
―Negativo Centro, todo en aparente estado de orden y sin novedad ―reposto con extremada confianza.
―Copiado.
Finalizada la transmisión, retomo vigilancia ¿pero qué? Algo inexplicable ha sucedido. La habitación de Lilia está desolada: la mujer con pistola, el hombre asediado o el cuerpo sin vida del hombre, ambas partes habían sido evaporadas súbitamente. Ni siquiera puedo ver rastros de violencia o salpicado de sangre en las paredes o en el color amarillo brilloso de las sabanas; nada. Enciendo el equipo de audio, subo el volumen al máximo, acerco el oído al altavoz…Pero nadie habla o mueve un dedo en el apartamento de Lilia. Le echo un vistazo a la calle, a la acera y a la parte frontal del edificio, todavía los respectivos vehículos de ambos sospechosos continúan estacionados.
No hay salidas alternas por donde escapar; este par de edificios fue cuidadosamente planificado para su construcción, paralelos y al final de una calle sin salida. Igualmente, la escaza cantidad de residentes, facilita la vigilancia pues los involucrados (similares a todo criminal de linaje perverso), se diferencian de la ciudadanía común por la sequedad en los gestos del rostro; o por esa sigilosa manera de caminar sin involucrarse en atascamiento alguno. El criminal de esta calaña porta la inaudita compostura de la sospecha eterna.
Respecto a la particularidad de este caso, amplias investigaciones de la División de Crimen Organizado ―a la cual pertenezco hace once años― han posibilitado identificar el croquis delictivo de La Taja, organización que dirige la antes señalada, la peligrosa señora Lilia. Conocida en el bajo mundo por aliases tan simbólicos como, Macuca, Cuarentona, Chimenea y Presidenta pero, Lilia la O, ha perseverado como el seudónimo interno de la organización.
La posible victima, Ramito, es un adulto de treinta años de edad; es trigueño, de pelo negro y lacio; con labios pomposos pero siempre resecos. La verdad es que Ramito, más allá de ser un simple delincuente asalariado de la señora Lilia, es una criatura versátil y singular; con sus tentáculos desplegados por todos los recovecos de la clandestinidad. Tiene un historial de crímenes que, debidamente archivados como están en Centro de Mando, ocupa dos anaqueles, una covacha en el sótano y una enorme mesa. Graduado de farmacéutica en el extranjero, el pernicioso Ramito hizo dichoso al cerebro de muchos. Según las grabaciones expuestas por fiscalía de los encubiertos cercanos al conocido, farmaceuta de la libertad, no había duda de su régimen para la distribución ilegal de medicamentos controlados.
Sobre la farmacéutica, Ramito decía que conocer el perfecto aderezo para mezclarlo aquí o allá, puede ser una gran ventaja. Que las anfetaminas y los opioides son el arreglo silencioso, donde la oquedad y el razonamiento se proclaman a la vanguardia de la casta humana. ¡Son las burbujeantes chispas para disfrutar el acabe del dolor en el mundo! Saberse estimular, compensar, habilitar; convertirse al humano, ser el rastro verosímil del mundo; pues apostar a la realidad, implica alejarse del experimento de la miseria. Por eso nunca he pensado dos veces en accionar mi conocimiento de farmaceuta cuando alguien toca a la puerta, además, por cada receta ordenada, gano mucho billete.
Pero las aterradoras leyendas sobre La Taja son ciertas. Es sabido que Ramito lleva más de tres años haciendo negocios con la señora Lilia. Al parecer hubo un mal entendido, quién sabe las verdaderas razones. A lo mejor la señora se cansó de soportar las largas discusiones sobre el manejo de las cuotas internas (cuota controlada por la madame); tal vez Ramito esté cooperando con alguna organización antagonista o con alguna agencia federal; puede que una rencilla entre ambos haya sido fabricada para sacar del paso al farmaceuta. Sinceramente, el equipo de audio estaba sin volumen; y es triste pero cierto, esta madrugada al entrar al turno, olvidé por completo encender la grabadora de audio. ¡Por eso debo salvar a Ramito!
Debo catapultarme hacia el cuerpo moribundo de Ramito: ese es mi deber. Y su muerte es incierta pues no hay evidencia del crimen, no se escuchan disparos, no entiendo pero creo… ¿creo que veo algo? ¿Ramito? ¡Está sangrando! ¡Lo han cortado en el abdomen!
Tengo piernas fuertes, lo sé porque bajando a toda prisa las escaleras, puedo sentir el balance perfecto. Un piso tras otro voy conquistando los escalones con la sintonía de mis músculos. Las angostas esquinas que dividen cada piso, sirven como trampolines donde reviento los brazos para aguantar el peso de mi cuerpo. Acercándome a una pequeña ventana, desde el segundo piso, logro escuchar por primera vez los gritos de dolor de Ramito. Está mal herido pero está vivo todavía. Deberé pedir refuerzos pero y la señora Lilia, ¿dónde ha ido? ¡Qué importa! Estoy preparado para lo que venga…
Al abrir la puerta de entrada, visualizo el cuerpo ensangrentado. Busco en mi espalda, luego en la cadera, en mis tobillos y, ¡por dios! Y comienzo a correr ¡correr como nunca hacia la calle! Me percato tardíamente, pero dejé el revolver en la habitación, arriba del sistema de audio. ¿Debería regresar a buscarlo? Claro que no, no vale la pena. Pidan ayuda. Llamen una ambulancia, una enfermera, tengan un poco de compasión…que alguien me ayude por favor. Es increíble pero se me olvidaba que hoy es viernes. Y como todos los viernes, en horas de la tarde, como a eso de las seis y media, regresan los transeúntes de su jornada laboral. Es curioso pero olvidé que el alcalde de la municipalidad, le otorgó un permiso especial al conductor de recogido de basura: por su puntualidad y responsabilidad. Pasó pero me percaté demasiado tarde. Esta noche, los vecinos tendrán que ayudarle a regresar a su hogar, está devastado. Dice que jamás conducirá nuevamente.




