En esta entrada para La Generación del Atardecer Presenta, Daniel Pommers narra un inesperado encuentro con un perdigón.
El comunicado de prensa fue emitido durante el famosísimo y costoso primetime noticioso. A fuerza de bolígrafo, varios minutos fueron obsequiados a los recién proclamados judas y quijotes del país. Como una barrabada lógica o una transparente cháchara para inaugurar el más repulsivo ballet de la perversidad… así se palpaba el cosmos venidero debido a la sintaxis que organizaba cada una de las expresiones vertidas por el conferenciante en nuestra ajetreada y cansada sien.
“Es la hora del tapón no del gobierno” ─pienso, inmediatamente encolerizándome y hundiendo el pedal del acelerador. Conduzco como todo un profesional (cosa que hasta yo pondría entre comillas pero…), haciendo cambios repentinos por los cuatro o no sé cuántos carriles del expreso Las Américas cuando súbitamente, una pisaycorre se me atravesó; que conste la falta de personal en la guagua, pues sólo viajaban en ella su conductor y una señora quien (bajo cualquier escrutinio inicial) podía ser la esposa del chofer o el trapito al aire de por las tardes o una doña creída y algo pudiente que pagó el flete.
Entonces, encima del bómper trasero y en el baúl de la guagua anaranjada rotulada para viajar desde Río Piedras hacia Cupey y de ser necesario hasta el fin del mundo, fue donde mi carro vino a parar.
Cuando se disipó el humo y la algarabía de los bocinazos inmediatos al accidente, me percaté de la mirada tan peculiar de los otros conductores, ahora más atascados en la congestión vehicular sanjuanera. Sus rostros parecían escopetas y desde las torcidas bocas de todos, salían como torpedos automatizados los insultos y las maldiciones más novedosas que cualquier ser viviente haya podido confabular para descargar su disgusto. Por supuesto, el animalito escogido por la escolarizada y asalariada masa para llevar a cabo el sacrificio adjetival, fui yo:
─Canto’de pendejo, eso te pasa por pendejo ─gruñía un señor calvo desde la derecha ─Anormal ¿tenías prisa verdad…y ahora?, morón ─gritaba una familia desde la izquierda.
A todas éstas, las ventanas de sus vehículos estaban cerradas, así que imagine usted la obstinación de aquellas colosales y perspicaces gargantas.
Pero quienes realmente sentaron pauta en eso de la simpatía torpe fueron el chofer y su clienta. Tan pronto dejaron caer las pezuñas en el concreto, despojándose ambos de las prendas decorativas (o sea sus relojes, pulseras y collares bañados en oro blanco), yoggiaron las arrugas hasta la puerta de mi carro; ordenaron que mostrara mis credenciales de una vez. Disimulé aturdimiento y al abrir la puerta le di un leve pero contundente golpecito a la cintura del anciano; rápidamente manifesté cumplir con la responsabilidad en relación al choque, y durante breves minutos reinó algo de tranquilidad en nuestro voluble campo de batalla. Pero el encantamiento no se sintió por mucho tiempo.
La escabrosa sagacidad del chofer lo llevó a pensar que yo era (estas fueron sus palabras), uno de esos jovencitos vagos y sediciosos de la universidad; luego, valiéndose de tan rabioso ingenio cimentado en tan sólo Dios sabe cuál disparate, el anciano comenzó a irritarse pues según su punto de vista, eso de que existiera un hospitalillo para comunistas y para maricones con ganas de cortar clases haciendo disparates a diestra y siniestra, era una vergüenza para todos los hombres y mujeres bien criados y cristianos del país.
Yo lo escuchaba, y juro que en silencio le pedí a la mismísima santa Bárbara para que me diera paciencia para bregar con el viejo; no argumenté absolutamente ninguna de las sandeces que decía hasta que, luego de que se fijara detenidamente en mi camiseta (una sencilla pieza elaborada con marcador negro que indicaba, Autonomía para la Universidad, Educación Gratuita para Todos. Las orejas y el rostro se le convirtieron en tomates, inclusive observé cómo en cuestión de segundos su cuello se agigantaba y mudaba de colores hasta que el rojo ése propio de la presión alta se hizo soberano; tenía un ojo loco anclado sobre los míos, y por más que el chofer se acomodaba los pantalones tratando de disimular la titánica hernia testicular que se le vino encima, fácilmente se podían identificar sus dos asombrosos e hinchados miembros. Entonces, se atrevió a llevar la disputa hacia terreno sagrado; y tosiendo para aclararse las cuerdas vocales, me aguantó bruscamente por los hombros y dijo ─Me cago mil veces en la mai’ que te parió… charlatán, pile’ mierda. Prepárate que hoy se te van a quitar las ganas de vivir en una república ─y me empujó contra el bonete de la jeep donde se hospedaba el desquiciado coro familiar que ya no gritaba, permanecían inmovilizados pero gustosos de sonreír como gesto de aprobación a la maniobra del chofer, quien ahora apresuraba el paso hacia su guagua. A la vez que el jaquetón anciano daba la media vuelta para abrir la puerta de la guagua (para entonces yo desconocía con cuál propósito), los guantes de pelea fueron instantáneamente otorgados a su pasajera y señora de las nalgas grandes; fue cuando sentí como un cálido, eufórico y despótico gargajo aterrizó sobre mi cachete. El escupitajo vino con ese toque especial que permanece durante horas en el paladar, demorándose una eternidad en hacer digestión pues el almuerzo fue un balde de carne y de manteca, en este caso provocado por los insalubres caldos de algún restaurante de comida china donde se había abastecido la señora.
Me subí la camiseta y con todas las fuerzas hundí la cara en ella para limpiarme. Las náuseas fueron tan salvajes que tuve mareos y terminé cayendo absorto al suelo. No había sido posible recuperar la compostura ni siquiera ponerme de pie cuando de repente la voz del chofer se escuchó, en esta ocasión proveniente de una sorpresiva trinchera, desde la capota de la guagua. La voz capturó mi atención, imperiosamente cortando el ruido despedido por los cientos de motores quienes, como deshonestos artesanos de la catástrofe, orquestaban todos y cada uno de los movimientos del anciano. En eso me percaté del pequeño rifle de perdigones en las manos del anciano. Y con su instrumento sujetado de forma estratégica para no errar el tiro, más tan estropeada y aturdida presa en la mirilla, juro que ningún perdigón fue disparado en vano.
Al menos el seguro obligatorio cubrió los gastos… eso me alegra mucho, pues de mi bolsillo el chofer loco ése no se ganó un centavo.




