En esta entrada para La Generación del Atardecer Presenta, Daniel Pommers, narra la culminación de la saga que nos lleva a Ciudad Hampa.
Parte final
Es el agosto más caluroso, tan agitador que la temperatura se arrodilla ante el sol y ante la sequía de Dios; como si el clima rogara por liberación a esa tostadora destreza heredada de los tormentos y errores de nuestra civilización; y al quemar la piel y las carreteras del mortal, sabe que heridos de muerte, aún avanzamos, tal si nos pensara monstruosos luceros, cayendo, sin conocer origen de estrella o sensibilidad. Así, seres insólitos, lanzándonos hacia la marea, poseyendo la agraciada exactitud para hundirnos rápidamente.
A pesar del doloroso andar, arribé al portón de la ciudad según lo había planeado. En ninguna parte alcancé a notar ni estragos ocasionados ni siquiera una mínima señal del señor Rodrigo o de los salvajes hermanos Lamps. No había guardianes o personal custodiando la entrada. Esperé largos minutos a un lado de la carretera, pero nadie asomó un pelo para cuestionar tan súbita visita. Estaba muy cansado y sentía débiles las piernas; tenía sed pues las últimas reservas de agua que pudieron haber servido como herramienta para mi recuperación, las terminé antes de descender el salto y antes efectuar la larga caminata hasta la ciudad. Entonces el cansancio pudo más que el miedo. Me acomodé frente a una caseta hecha de piedra que, ubicada justo al frente del portón, bloqueaba el libre paso. Era imposible pasar por desapercibido. Debido a la desolación que provocaba aquella porción del terreno, y al menos para tratar de advertir sobre mi presencia a los residentes, opté por gritar desesperadamente hacia la distancia. Luego de múltiples intentos fallidos, detuve la algarabía y me propuse idear la manera para traspasar de una vez el portón; o por lo menos, obtener la atención de alguna persona pues alguien en algún momento, se percataría y por consiguiente, se vería obligado a afrontar cara a cara mi llegada. Repentinamente fui asaltado por un irrebatible pensamiento:
“Fuego. Debería iniciar un fuego que arrope toda la ciudad, por supuesto. Un incendio levantaría de la tumba hasta un muerto… Y para salvarse del espantoso destino de morir quemados, estoy seguro de que todas las personas de La Hampa saldrán corriendo de sus escondites” –inmediatamente una gran sonrisa se dibujó en mi rostro.
Pasaron dos fatigosas noches hasta que finalmente pude recopilar los arbustos necesarios para llevar a cabo mi plan. El método correcto para propiciar un fuego de magnitudes desproporcionadas, para encender cada punto en clave; luego ver ese fuego cobrar vida por propias cuentas; y entender que ese brillante plan, jamás deberá ser rebelado. Y con el corazón en la mano les pido disculpas pero, no existe plan perfecto sin custodiar la oscura duda que nadie más conoce, sólo los gusanos y la niebla del terreno cuando hospeda nuestra piel, huesos, reminiscencias y lengua muerta.
Tan soberano fue el incendio en Ciudad Hampa que una horripilante efusión de ceniza atascó el principal conducto subterráneo de aguas. La oportunidad de tener largas horas para existir en la inalterable bóveda del óbito, jamás ocurrieron. El veneno de la ciudad se propagó ligeramente, ahogando a los pocos sobrevivientes del incendio.
Observaba en silencio cuando de repente, se escuchó una voz. Me sorprendió la cercanía de aquella presencia; todas mis extremidades se paralizaron; no pude verle el rostro pero sí reconocí la voz. Era la calmada y escalofriante voz de un anciano, colocó una de sus manos en mi hombro, comenzó a reír fuertemente y luego de componerse, dijo:
–Piénselo bien, y antes de permitirse fantasear con oposiciones, escuche con atención lo que voy a decir.
–¿Esas palabras? Pero… Reconozco esa voz ¿Usted? ¿La tienda del otro pueblo? Usted me advirtió sobre… –entonces el anciano clavó sus uñas en mi hombro presionando fuertemente con su mano, y lo juro, parecían filosas garras, luego dijo:
–Querido amigo, soy sincero al asegurarte que, sin importar el desconsolado abismo en el cual te has obligado a morar, no hallo el modo correcto para manifestarte uno por uno los repugnantes errores que has cometido. Estas maldito por valerte de una flemática terquedad hacia la inconformidad de todas las cosas que te rodean, incluso por utilizar esta tramposa cualidad como almohadón, y maldecir el techo y los obsequios que tu lugar, desinteresadamente, proporcionó desde el momento en que importunaste al mundo con tu nacimiento. No existe una forma sencilla para poco a poco hacerte entender el lío en que te has enredado, pues empujando tu existencia lejos de la prosperidad del hombre común; olvidándote de quienes han sido honestos en nombrar tus imperfecciones; creyéndote rey en casa ajena y mediante engaños, guillotinaste la confianza, el entusiasmo, la protección y el cálido entendimiento de los tuyos; pensando únicamente en ti: Caíste preso de una burlesca trampa, embalsamándote. Por eso abandonaste buena casa y tus pies andantes trazaron su camino hasta el portón de esta ciudadela. Pero aquí no quedan habitaciones disponibles mi querido amigo. Date la vuelta… Y regresa por donde viniste.
Si alguna región conoció, plaga o tiniebla, y ante la esperanza respondió una apócrifa sonrisa –la más indecorosa sonrisa– abandonando cualquier intento de preservar casa u organismo, fue La Hampa. Como el final de un inhabitado linaje, tan sólo así pude entenderlo. El incendio funcionó como si fuese un buque. Necio yo, por una vida discurrida por estimación; pues quedaré como ilota, jamás seré un navegante.



