La Generación del Atardecer Presenta: la historia sobre un mundo bastante real.
Dejé a un lado la pasividad cuando los líderes de la zona central desaparecieron al menor de nuestro grupo. Nunca olvidaré la noche del veintiséis de octubre del año pasado. Esa fue la noche lo perdimos todo: nuestras casas, nuestros familiares, nuestros barrios; todas las cositas que nos hacían impedimento y nos convertían en enemigos de los escuadrones del señor Volcán, que transformaron nuestras vidas en tumbas perpetuas.
Recuerdo la desesperación de gritar mientras corría al auxilio de otras voces lagrimosas pues (siendo voces que permanecen mecanografiadas en los recovecos de la memoria) eran índice del quebranto, y lastimosamente del final de la inocencia colectiva que nos resguardaba de todo contagio con la maldad. Pero los asesinos se desplegaron rápidamente. Algunos a dura caminata, otros en vehículos equipados con arsenales salvajes de armas largas y con múltiples dispositivos, cada uno equipado para cumplir con la misión a la perfección. Logré observar cómo dirigían nuestras tecnologías, encausándoles hacia las bodegas de alimentos y de almacenaje de recursos; incendiándolas.
Bajo el régimen de Volcán Ramírez, los escuadrones de intervención social podían ser identificados inmediatamente por su ropaje. Traje de cuerpo completo, rojizo, y máscaras color negro para cubrir su identidad. Una investigación de la disidencia recopilado mediante persuasión, fraguado por la Dirigencia de la zona central.
Ahora bien, un año había transcurrido y entre nosotros milicias y seguidores de una complejidad ideológica con las cuales, a pesar del cataclismo informativo sufrido hace décadas en todo lugar, seguían renovándose colosalmente; en cuestión de números éramos pocos, pero suficientes.
Convertimos en hogar las antiguas facilidades del ejército nacional, ubicadas en la islita de Culebra: un monstruo subterráneo que se extendía miles de metros debajo del mar desde tierra adentro. Clausuramos las viejas entradas y salideros; solamente podíamos entrar a la base desde el tanque abandonado en la loma de la islita. Para no dejar rastro de las actividades que allí se cuajaban, desmantelamos el rompe olas que protegía del agua salada a las edificaciones cercanas a la orilla; como en arena seca, los canes son agiles rastreadores, la maniobra de ahogar nuestros pasos en la playa, resultaba un logro táctico mas una movida compulsoria. Nunca ser capturado por el enemigo era juramento de todos. La tercera vertiente, haciéndose valer del desuso de toda facultad, sistema, herramienta o ideología, que tanto los grupos de la zona central como los libertarios en las regiones costeras habían despachado. Ambos perniciosos, funcionando como dos referentes contrariados; se apropiaron cruentamente de sus mecanismos de supervivencia y articulación.
Por un lado adoctrinar, hacia una devoción donde, más allá de funcionar como vehículo para la redención del ser, lo llevaba de la mano hacia la caída repetitiva de los siglos; hacia viejos estamentos.
En el tragaluz contrario, la vertiente conglomerada mayormente en las costas de Isla Grande ―aunque más dada al mejoramiento de la humanidad― comprometía a una importación obligatoria hacia un septentrión, su insuperable forma. Como entendemos que las formas son parámetros, algunos decidimos exiliarnos de isla grande: y en este lugar fue donde vinimos a parar.
Nuestro lugar no se limitaba al purgatorio de maneras tal de accionar o de representarse porque funcionaba como un asilo de la imperfección; de la malquerencia; de la ocultación de regla y, claramente, liberaba al individuo enlistado bajo su cobija de presiones metaintestinales, causadas por monoteísmos de la frivolidad. Precisamente, de leyendas o cultos a la personalidad se adjudicaban los militantes de otros frentes, para cernir exclusividad en sus ideas y entenderse como la cura de toda la angustia vivida.
Por eso durante las reuniones opto por reiterar la confianza en nuestras bases:
―La tercera vertiente es el cortafrío de la mentira de la salvedad. Es la mano amiga del sufrimiento que nos escupe hacia el barranco de los monoteísmos y de las imposiciones ―sentencio en ocasiones durante los mítines, exclusivamente cuando el cólera del grupo es permisivo hacia liderazgo cualquiera― la insuperable verdad, el único esencialismo, es la incesante búsqueda de la escotilla 29 ―y sin excepciones, todos se levantan aplaudiendo y gritando enérgicamente consignas de esperanza y de solidaridad.


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