El granuja contamina

En esta entrada de Daniel Pommers para La Generación del Atardecer, observamos la burbuja intocable de Canterburri y la trama que sufre, más allá del engaño, este relato sirve como una bofetada.

“There was a wicked messenger
From Eli he did come,
With a mind that multiplied
The smallest matter.
When questioned who had sent for him,
He answered with his thumb,
For his tongue it could not speak, but only flatter.”

–Bob Dylan-

En el poblado de Canterburri habita una criatura peculiar.  Cuentan los viajeros que por el paso del río Herminio, y en los alrededores de la poza que hospeda recónditamente el cauce del quilométrico Herminio, se ha visto –fugazmente– la silueta de una bestia. La criatura tiene proporciones disparatadas, con una extraña economía técnica que, a pesar de la escasez de pruebas que vinculen directamente los artefactos en cuestión, todo parece cavilar sin norte, encomendándonos.  Unos relojes de arena llevan apareciendo hace tiempo, todos a orilla del Río; haciéndose camino ente la maleza hasta llegar al puente.

Lo curioso no gravita enteramente en su extraña fisonomía.  Cuentan muchos que debajo del Puente Herminio, unas maderas y raíces fuertes, han sido instaladas –no se sabe por quién– aún cuando esta construcción arcaica parece intensificar los encuentros fantasmales; el dato que nos hace cavilar sin norte (redundo), son unos relojes de arena.

El último ser vivo en tener un encuentro inesperado con el misterio, el navegante Sibilo Sibarita, juramentó frente al Consejo la veracidad de la criatura, gestión que podía ser anticipada por parte del oceánico aventurero.  La vocación de Sibilo lo había expuesto a una extensa lista de aventuras, todas, por supuesto, en los confines del mar:

“He stayed behind the assembly hall,
It was there he made his bed,
Oftentimes he could be seen returning.
Until one day he just appeared
With a note in his hand which read,
“The soles of my feet, I swear they’re burning.”

-Bob Dylan-


–Nunca, en terreno trastocado por huella humana, ha existido bestia imposible –decía Sibilo Sibarita modestamente.

Navegante de toda la vida, tenía la sensibilidad para enganchar a cualquiera en la rigidez de sus historias, que a razón de tres por año, le proporcionaron el singular prestigio de caza aventuras.

–No existe monstruo en los mares con la calaña para vencer o escapar a mis entrampamientos – Sibilo recalcaba balbuceando para sí cada vez que podía.  Fumaba de una pipa confeccionada con los colmillos de las bestias más salvajes; entre ellas, tiburones gigantescos y dragones de aguas lejanas.

Colocaba las manos en la nuca y tumbaba sus robustas piernas sobre la mesa del Consejo.  Parecía conocerse de rabo a cabo el régimen de los mítines pueblerinos; esto debido a la pulcritud con la que pronunciaba cada palabra.  Sibilo podía ser risueño en ocasiones pero el rostro, más técnico que honesto, revelaba múltiples cicatrices.  La oreja izquierda estaba arrancada justo por la mitad –cosa que– sin ridiculizar al navegante, le hacía parecer un duende sombrío.  Al observar con paciencia y al notar su perfil contrario, una enredadera de pelos rojizos y castaños cubría por completo la boca, la quijada, y el cuello de Sibilo.

–No hay manera de probar la existencia del animal misterioso  –gritaba furioso el primer mandatario.

“Oh, the leaves began to fallin’
And the seas began to part,
And the people that confronted him were many.
And he was told but these few words,
Which opened up his heart,
“If ye cannot bring good news, then don’t bring any.”

-Bob Dylan-

Sus esfuerzos eran enmudecidos a la prontitud con la que se formulaban, “como ráfagas torcidas de dirección” –eran los comentarios del mandatario, pensaba la mayoría del pueblo.  Los presentes, entendían las palabras del Consejo: Tan sucias como el agua del río Herminio mis queridos, mal olientes y oscuras.  Al cabo de unas horas los asistentes goteaban monótonamente las posibles soluciones del enigma.  Todos tenían, estratégicamente, una silla o mesa secuestrada.  El poblado de Canterburri estaba listo para la batalla, cuando la voz imponente de Sibilo Sibarita puso un alto a la contienda:

“Enchanti el oreya,

“I chillenzio, tos chillenzio;

Sus corazones a mis pies

Enchanti el oreya,

I chillenzio, tos chillenzio;

Sus corazones a mis pies”

Al terminar de pronunciar el hechizo, la reyerta del mitin había cesado.  Los cuerpos estaban paralizados, convertidos en esculturas de hielo y de carne; los ojos de todos parecían enchufados a una dimensión al margen del silencio.

Entonces Sibilo Sibarita sacó del bolsillo un diminuto reloj de arena, y –con la sonrisa de un niño travieso- colocando el reloj sobre la mesa central, despejó de sus pertenencias a todos los residentes de Canterburri.  Hurgando en los recovecos de las casas, no quedó una sola habitación ilesa.  No hubo resistencia, cómo puede resistirse una momia, un panteón.

Para cuando el reloj de arena dejó colar el último segundo, no existía rastro del entrampador.

El poblado de Canterburri se vio despertar, “de un instante ennegrecido” –pensaron simultáneamente todos.  Pero el asombro, la trampa más horrenda de todas, fue despertar y mirarse sin una sola prenda o ropa o calzado.  El disgusto de haber sido robados dejó de importar y, precavidos de no vulnerar sus pensamientos, el poblado de Canterburri corrió a esconderse.

– ¡Miren! –gritó el mandatario, señalando el tejado del salón de reuniones.  Al dirigirse los ojos hacia lo alto, se leían claramente las siguientes palabras:

Han sido burlados por Sibilo Sibarita.  Pueden dar por sentado que no quedará ser viviente en estas tierras ajeno a mi estupenda travesura. Les deseo una exquisita resignación y con el corazón en la mano, me despido.  Adelante con su cacería de brujas mis queridos.  ¡Adelante!

httpv://www.youtube.com/watch?v=x3klNNSrDJw


Tags: , , , , ,

Autor de la entrada

Esta entrada fue escrita por quien ha escrito 30 entradas en Frecuencias Alternas.