La nueva entrada de La Generación del Atardecer Presenta: a cargo de Daniel Pommers.
Aseguras los espejuelos encima de los cachetes como lo haces todas las noches antes de conducir; por minuto y medio te relajas en la espera de procurar que los aceites, el aire acondicionado y, toda la maquinaría que convierte en aparato causal a tu vehículo, se optimicen. Ahora respiras hondamente para programarte al cambio de la cotidianidad de lo que fue tu vida -las maneras que solías disimular vida- y mudas hacia el olvido aquello que eras. Ya en ti, los latidos parecen adelantarse violentamente a las gestiones, que por ser trama peligrosa, deberás efectuar cautelosamente.
Observas el reflejo de tu rostro en el parabrisas: Y sientes la delicia de transparentar las facciones reales finalmente, ya no eres la secretaria del Ministerio. Ya la veracidad no se esconde en complicidad con las intenciones, ahora se administra en tus poros, los hace oler y los divulga por la brillantez; te preparas para segmentar automatizadamente el plan a seguir -una y otra vez- y los aromas que son tuyos vuelven a intoxicarte. Como antes, cuando no disimulabas ser.
La cabellera negra, ahora la guardas en el bolsillo del chaleco y te fijas que, aunque aniquilada hasta el cogote, la escases de pelo, todavía contrasta fuertemente con la blancura de tus pieles y, la barba que te acompaña es más disparate que régimen de la estética, “sabes bien que con mirarla detenidamente se notará el pegamento”, piensas sentenciosamente; la barba conspira por su peculiar volumen a ser enmarcada. Pero eso no te importa pues en consecuencia, sabes bien que lastimarás hasta la mismísima convicción que tus compañeros y compañeras del Ministerio profesan; de todas formas, no le otorgas calidad alguna -no tienes remordimientos- en eso de poner un tranque a las amistades que, por encomienda íntima, tuviste que fraguar.
Después de esta noche serás la más buscada. “¿Qué tiene uno que perder? ¿Cuántos años de sometimiento? O se le regala la victoria al Régimen y se hace uno de la vista larga o voluntariosamente toma uno las riendas” piensas, a la vez que sintonizas tu emisora favorita.
Y es esa canción con la melodía y la voz de muchos la que será -así por duras coincidencias de las frecuencias de ondas y de vivencias y de gusto, la que te acompañará en la misión.

Llegaste al lugar en tres minutos como lo habías planificado. Cuando te dispones a abrir la puerta del vehículo, te detienes. Piensas en tu padre, él siempre mantuvo la cordura en momentos así -momentos intensos- cruciales. Te bajas del automóvil y caminas hasta la entrada principal del Ministerio. Observas al recepcionista, la fila de espera, los trajes ambulantes con las prisas y la soberbia de siempre, y como un cocodrilo -arrastrándose rígidamente- junto a las liendres e insectos que merodean a los reptiles de pantano, el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, hace entrada. Estacionario al lado de tus pieles, el Comandante se percata de tu presencia. Inmediatamente te arrancas la barba, mirándole fijamente, él no se alarma, tan solo disfruta de tu belleza (tetas, calvicie, nalgas), y te sonríe.
Acto seguido colocas el calibre 38 en la boca del cocodrilo y, por un segundo, fugaz ante los ojos de la bestia, el pudor mostró brevemente sus pezuñas, entonces:
- Aquí tiene comandante, una bala con su nombre.
Sales por la puerta principal y sueltas en el suelo la larga cabellera oscura que habías cortado horas antes. La esparces por todo el lugar. A tus espaldas dejas un mundo que, acabado desde el primer día que marchó imponente por la plaza, se ridiculizaba y armaba nebulosamente gasas en sus heridas. Tus ojos se enfocan en la esquina; allí te espera un automóvil para el escape, dos compañeros, y una ceremonia del artificio. Y cómo es la celebración, se preguntarán ustedes perplejos, sencilla:
Te esparcirás, te convertirás en murciélago, te vestirás de infranqueable; pero sobre todo, lo que nunca podrás guardar para futuras generaciones, y sonríes pues sabes que será la tarea más ardua, te hace música en las entrañas. Miras tu reflejo ante los ojos de los ventanales de las tiendas que hacen esquina con tu esquina de partida y reflexionas, “Nunca volverás a ser nuevamente.”

