La verbena en el pabellón de las épocas

por Daniel Pommers escrito el Domingo 14 de febrero de 2010

Daniel Pommers nos trae la más reciente entrega de La Generación del Atardecer Presenta:

“Kings and sons of god
Travel all the way to earth
Coming restless mile
Easing all of them, all of them for you.
Strange Times, Here”  -The Black Keys-

Las machinas que trajeron a las fiestas este año son diferentes a las machinas que usualmente estábamos acostumbrábamos a disfrutar. Esta ocasión no hay montañas rusas o mongolas o de donde sea; tampoco barcos pirata, cajas de muerto, carruseles, martillos. Este año no hay personal operando la Verbena: por ninguna parte veremos a los trotamundos, mucho menos los recortes playeros ni gentes enclenques ni a los oprobios perpetuos. Si tienen paciencia podrán observar que la cuerda del salto al vacío no es cuerda elástica o irrompible. La cuerda no es cuerda si no helechos y espinas enrolladas. Mejores fiestas no podrían presentarse en ninguna parte del mundo.
Si acaso dudan de mi palabra, adelante, la entrada es gratuita.

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Para cuando el jovencito terminaba su invitación y nos señalaba con una rama la entrada hacía la Feria, dos de los escuadrones ya se habían adentrado sin consentimiento alguno en los terrenos:

Los soldados corrían intoxicados por el misterio que les convertía en disidentes, hacían caso omiso a los gritos y órdenes de nuestros líderes. Ninguno se inmutó en regresar, ni si quiera en voltearse para mostrar respeto hacia la cadena de mando. Nuestro jefe dio la orden de caducamiento. En solo segundos sometimos a la mayoría. Un disparo tras otro, haciendo su labor de contención, entrando por sus espaldas, a veces por sus nucas a veces por sus nalgas. Pudimos visualizar que seis soldados lograron escabullirse entre las carpas y la noche.

Mi escuadra se administró en el lugar rápidamente. Al entrar en la primera carpa que fue encontrada, fue encontrada también la siguiente escena:
El interior de la carpa no tenia decoraciones, solamente un letrero que leía, Pabellón de los sucios. Habían –sin mentirles- una docena de cerdos comiéndose unos a los otros; apestaba a basura y a cemento fresco porque, en el centro de la carpa, cubriendo algunos 30 metros cuadrados, se erguía una extraña estructura en miniatura. La construcción limitaba el paso de los cerdos: cerdos anómalos con pesuñas disparatadas, con barrigas a punto de reventar. “Que asqueroso” pensaba, exhibiendo ligeramente gestos de pudor. Fijándose uno en la arquitectura de concreto, la maqueta confundía los espacios y el mismísimo esquema de su organización.

-Era el pedazo de una ciudad-

En el interior se apreciaban los uniformes de los disidentes convertidos en aceras y parques y –burlescamente- los penes y testículos que una vez funcionaron simultáneamente para el daño y para el goce, ahora servían como faroles y como monumentos que irradiaban, minúsculamente, su belleza. Los callejones fueron segmentados con las partes inservibles de las metralletas y de las granadas que al parecer, juzgando por el estado tan precario en el que se encontraban, acabaron con la vida de sus propietarios: las paredes que clausuraban las esquinas estaban manchadas con sangre, pieles…carne.
Aquella noche nuestros líderes se reunieron a puertas cerradas. Se cuenta que los llantos de los sargentos y de los líderes de escuadra podían conmover hasta al esqueleto más recóndito de los infiernos. Las ferias desde entonces son fuertemente custodiadas, nadie ha podido disfrutar paseos o trillitas nuevamente. Y el miedo de ver realizada la geografía de la maldad –esa conformidad al trauma de todos- terminó por encausar guerras y exterminios…pero busque usted, en cualquier lugar del terreno, a ver si puede hallar nuestras cabezas porque pienso, me viene una vaga idea de vez en cuando: Y creo que indica que nosotros, los cartografiados, hace siglos nos venimos extraviando.

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