Esta casa no es una atadura

por Daniel Pommers escrito el Martes 2 de febrero de 2010

En esta entrada de Daniel Pommers para La Generación del Atardecer Presenta: se exploran, mediante recuerdos, la vida del violinista Julius Schulman, y,  su inescrupulosa pero gratificante miseria de compositor de mundos.  La memoria en este relato funciona como armadura y aparato de persuasión del misterio de pasar cada segundo en detención, cada manifestación en eterna pérdida: el violín yace muerto…usted tiene la misión de revivirle.

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La casa parece ser desfavorable.  Con solo escuchar el timbre de entrada se hace evidente, el sonido no rinde gratitud a visita alguna.  Cuando entras no hay recompensa, solo multitudes descoloradas de columnas y pasillos.  Al subir las escaleras que llevan a las habitaciones de reposo, sientes la repugnancia de cada escalón para contigo y, las decoraciones son incomodas – son extrañas y no son de usted, ni para usted ni para nadie.  Antes de la mudanza usted solamente estaba supuesto a las ulceras que todo buen músico ha de tener por ser buen músico.  Ahora noto variaciones en su conducta, parece un muerto, realmente, esta casa es un atadura.  Usted debe zafarse lo antes posible por favor.  Quisiera verlo intoxicado con su música nuevamente.  Quisiera que se enamorara de la madera y del hilo, como siempre fue.

-          Yo le agradezco mucho que muestre tanta preocupación, sé muy bien que no es su menester perjudicarme o verme caducar en este lugar.  Puedo entender que he colgado mi violín en la pared como un almanaque de los tiempos sin perseverancia y sin eventos. (Coloca sus manos en los bolsillos del chaleco, luego continua) Sería una pena… (acercándose lentamente hasta los oídos de su hermana)…que toda esta tristeza y perplejidad te convierta en otra persona.

-          (Retrocede unos pasos para acomodar su espalda en un armario) Por mí no se preocupe.  Soy demasiado joven para permitir que cualquier daño se involucre seriamente conmigo. (Sonríe)  Solo quiero que seas libre nuevamente.

-          Gracias pequeña.  (Se despide con un apretón de manos.  Su hermana le da un beso en la mejilla para luego pedalear su camino lejos de la propiedad)

No pienso ser insociable toda la vida.  Si es que toda la vida fui algo insólito pero no despreciable como ahora.  Tengo todavía muchas ansias de tocar y crear hasta perderme en las matemáticas de mis dedos y de los compases; aun así para matricular mis facultades a nuevas situaciones, era necesario enterrarles y enterrarme.  Como he sido dañado quiero perfumar cada segundo de mis melodías con tonos permutables y cortos y distantes entre cada uno de sus sonidos.  Pienso todo el día en el día en que mi violín peregrine hacia otra dimensión que me atrape y embruje como antes: ¡mejor que antes!  De todas formas, mi hermana se equivoca al sentenciar a la desquicie todas las columnas y ventanas y paredes de la casa.  Esta casa es como tan fría como tan pura.  No deja espacios discordantes, porque imagínese, la sala principal conecta hacia los recovecos menos pensados de la propiedad.  Hasta su jardín –nefasto como ninguno- se me figura como un anexo del sótano y sus ventanas, cuando amanece, parece hacer sinfonías con los reflejos de las hojas y los insectos que circundan este lugar.

Esta casa ha sido la paliza más bochornosa.  No tenía idea de que mi rigidez condenaba al purgatorio cada acorde, cada pieza y pensándolo bien, esta casa le dio un disparo de muerte a la mentira que creía por integridad.  Antes de la casa solamente jugaba con ser  violinista.

Una de esas tardes que me sumergía en onzas incontables de licor, ocurrieron los hechos.

Me disponía como era lo usual, cuando la borrachera terminaba por nublar mi visión, a levantarme del  sillón que miraba hacia la parte posterior de la residencia.  En múltiples ocasiones fui víctima de la torpeza y, puedo decir –con toda honestidad- que he sabido estar largas horas entre el laberinto que son los sueños y entre los pliegues de la alfombra desgastada que servía de suelo en la habitación.  A mi entender no pasaron diez minutos tratando de ponerme de pie cuando pude darme cuenta de lo que sucedía.  Desde el patio trasero se podían escuchar voces.  Miré por la ventana y observe cómo mi hermana discutía fuertemente con quien desde hace algunos meses había decido casarse y sentar cabeza.  No podía escuchar las palabras o el argumento de la discusión, tan solo reconocía la voz agitada de mi hermana.  Observé cuando una tercera persona entró en la discusión.  Se posicionó al lado de mi hermana.  Callado.  Inmóvil.  Sentencioso.  Mientras la pareja parecía incomodarse con cada segundo que transcurría, aquel hombre desconocido solo mostraba un estado de animosidad hacia el esposo de mi hermana.  Mirándole fijamente.  Cuando me dirigía hacia la puerta que me abría camino hacia la escena que, sinceramente, molestaba no solo por los gritos sino por el hecho de que mi hogar, siendo este mi aposento y lugar de escape, no debería ser -en ningún momento- asilo de tertulias malogradas o de problemas que no conciernen a este costal de huesos o a la casa en sí, escuché una fuerte detonación.  Abrí la puerta y observé a mi hermana y al desconocido con los ojos bien abiertos, encolerizados y embrujados por alguna extraña facultad abismal.  En las manos del hombre un revolver.  En el rostro del esposo de Margot una herida.  Su cachete sangraba.  Inmediatamente comenzó a gritar.  Lloraba mientras le reclamaba razones a Margot.  El desconocido tomó de la mano a mi hermana y con un empujón violento me tumbaron al suelo para salir corriendo.  Esa fue la última vez que vi a Margot.  El esposo, gracias a la mala puntería o inexperiencia o quizás intenciones vagas del tirador sobrevivió a la contienda.

No dolió el disparo.  No importó nunca volver a ver a mi hermana.  Mucho menos ver la cara cicatrizada de Elliot en los años venideros.  Lo que me causó una herida fatal fue que a los días, pasada la conmoción, pude notar un hueco de bala en la ventana.  Al seguir el trazo del disparo me di cuenta de lo que realmente había sucedido.  Colgado de la pared como un almanaque inservible yacía mi eterno cónyuge de las melodías.  Y yacía muerto.  Un disparo atravesó su madera rompiéndole las cuerdas y truncando completamente su composición.  Traté de revivirle pero fue en vano.  Nunca más volví a tocarlo.

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