Para esta entrada de la Generacion del Atardecer Presenta:, Miguel Santos relata las crónicas de curiosos seres autómatas, sujetados perennemente en axiomas y signos.
-Genoma binario-
Una cucaracha va rápidamente avanzando por una tubería, en la plena oscuridad pasando obstáculos, esqueletos de lagartitos, ratones y suciedades. Surge por un orificio del caño y continúa transitando la estructura de metal hasta llegar a un piso de cerámica que sin titubeos transita en la noche. El pasillo sin problemas lo cruza y fielmente sale de la estructura desertada en el medio de una especie de poblado. El animalito comienza a subir por un tronco que se revela como parte de una torre de vigilia. Va pujando su camino hacia las barandas cuando de repente unos dedos de silicón, ámbar y alambres atrapan a la cucaracha, esta mueve sus antenas y trata de escapar. Pero es fútil, una cabeza no quita sus luces de encima del diminuto organismo. Unos instantes después aquella extremidad libera la fuerza y el insecto arranca por ese largo brazo, doblado y malgastado. Lo que parece ser un cráneo que aguanta los aparatos oculares le sigue la pista a la cucarachita intrépida mientras esta atraviesa la topografía de ese esqueleto. De repente una explosión sacude la vecindad, se escucha la perforación de metales, ese inconfundible eco. Aquella forma agarra un fusil, se asoma desde su torre de vigilia y su pecho estalla. Cae al piso, futilmente intentado recobrarse y continuar. Metralletas y gritos se perciben, otra de las tribus esta embistiendo. El trozo se arrastra hasta la sirena general y oprime el botón. Permanece inmóvil en el piso de su torre, gira su cara y da cuenta que justo a su lado yace la juguetona cucaracha, picada por la mitad. Endereza su pescuezo y esa luz violeta que florece dentro del aparato ocular del centinela se apaga y no se mueve más.
“¿Qué somos queridos hijos e hijas de Aragón? ¿Algo más allá del lenguaje o quizás más acá del lenguaje? La barriga estirada y revolcada; los comelones. Ese des-balance colosal en nuestras tripas, donde las entelequias sólo (se) devoran. Una individualización a la reversa, de la cual sobrevive la competencia solo uno; El verdadero y único Dios en su ciudadela. Pobres de nosotros las sabandijas dentro de este monstruo mecánico que confunde molinos con gigantes y gigantes con molinos.”
- Fragmento del Libro de la Perdición
Como el equipo alfa de antropólogos de la patria de la Meca, estamos documentando la dinámica cultural de varias especies en este planeta, bueno, al menos las que se nos hacen más seductoras con nuestro preciado y chico presupuesto. Sabemos que hubo un gran éxodo fallido, cuando intentaban escapar del laboratorio Leviatán subterráneo, cuna de estos seres. Los sobrevivientes cargaban a los que podían con sus manos o en camillas hechas de hojalata y verjas de la instalación. Alrededor de quince mil prototipos que lograron extraerse de su fábrica, poco a poco se estaban desactivando por falta de energía. Las autoridades de la corporación los lograron arrinconar en la represa Connais, mientras intentaban usurpar uno de los generadores eléctricos de la localidad. Cuando vieron a los agentes de la corporación unos intentaron volver a la oscuridad del bosque, otros arrancaron a las alcantarillas, pero ya era demasiado tarde, una detonación se percibió y una inmensa pared electromagnética se les vino encima, sin piedad entre los gritos sintéticos.
“And we grow fat on the charms of our idle dreary days,
seen the shadows grow, see an ominous display.
With no alarm, could we say we’d have expected this way
under stars have died, give incent to play.”
- Beirut, Mount Wrocai
En algunos poblados del sureste de Birmingham se decía que se escuchaban gruñidos irreconocibles desde la profundidad de las inmensas oscuridades de la caverna de Nevada y entre los fuliginosos bosques de Bridelwud. Rugidos de un calibre sintónico, como el grito binario de un horror que no sabe que más hacer con la llegada, ese influjo de experiencias, un torrente de señales sensoriales, unas estructuras de cierta logística y memoria apegadas a un vacío en el código. Un vacío que posibilitaba llenar el empuje de supervivencia a cualquier calcomanía semántica que se encontrara. Monstruitos altamente adaptables. Lo que no sabemos a ciencia cierta es como llegaron a reanimarse, es poco probable que alguno sobreviviera la exterminación de su modelo. Su actividad basada en delicados y minuciosos algoritmos heurísticos era como una tela, un riachuelo de diligencia binaria que los hacia acomodarse a diversos contextos. Por más de trecientos sesenta años estos vivieron entre la fauna y la flora que los vio re-nacer. Poco a poco sufrieron cambios en su manera de organizar su sociedad. Por ciclos enteros fueron desenvolviéndose afuera de las estrictas leyes del programador, fueron libres para probar la cultura. Comenzaron a dividirse en distintos grupos, diferenciándose unos de los otros. Se dividían en lo que pensaban debía ser la sociedad, lo que pensaban que era Santo Default, que tanto añoraban pero ya no recordaban fielmente. Su aldea era dinámica, movimiento y muchedumbres por dondequiera, en el mercado, en las iglesias, en los centros de manufactura y reciclaje de piezas. Pero definitivamente estaban en busca de algo. En una irrupción del gran pánico, del magno logos de la identidad en sus membranas de silicón, sus conductas se polarizaron en mil y un antagonismos posibles; rayaron, pintaron, doblaron, perforaron, cortaron sus cuerpos buscando identificarse a si mismos con el Logo y sus dicciones. Se hicieron perforaciones para similar orificios que otros prontamente penetraban con extremidades erigidas al momento. Unos se ponían maquillaje de tierra y hojas mientras otros se bañaban en los lagos con los brazos en el aire. Otros se ponían sombreros de copa y eran paseados alrededor de la aldea en carruajes tirados por los que no poseían tales sombreros. Buscando ese signo, indagando ese algo, marcaron sus huesos de pinturas, tierra, sangre y órganos de animales. Se pintaban de colores distintos y luchaban entre si, mientras unos corrían otros se detenían, mientras algunos se arrancaban extremidades, otros creaban leyes contra rituales de automortificación, buscando optimizar y sujetar los cuerpos industriosos. Finalmente, tantos conflictos los llevaron a la primera gran desactivación. Después de años de guerras entre sus diversos sectores desaparecieron de los bosques y se tornaron en ficciones, en murmullos que se le cuentan a los chiquitines para que se laven sus dientes y se acuesten a una hora justa y razonable.
“Decían que los taka eran esqueletos que volvieron al a vida por alguna maquinación supra natural. Algo los trajo de vuelta. El rumor oficial es que no existen, solo historias que los forasteros traen a nuestros pueblos desde diversas localidades con detalles similares. Pero pistas de ellos estaban por todas partes, en blogs misteriosos, en grafitos, en callejones y en la diarrea verbal de los pordioseros. Los taka bordean las cunetas, y en tribus mecánicas te rodean y te atrapan. Y eres suyo. Nadie sabe que hacen con ellos. Dicen que recorren los sistemas de reciclaje de aire en los guetos y los globos de agricultura.”
- Diario Del Emisario Jeremías Baker



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