“Del Pantano nacen mariposas II”

por Daniel Pommers escrito el Miércoles 30 de Diciembre de 2009

Esta entrada de Daniel Pommers para La Generación del Atardecer complementa y completa el calamacazo distópico en donde el retumbe y el ritmo del polvo se abrió camino desde la maleza para, a vuelo de mariposa, poder asfixiarnos de una vez y por todas  en el pantano que fue, en aquellos tiempos…tiempos estos que nos engullen.

Historia Continuada. Parte Final.


-La caja era una Recompensa-

En su interior encontré dos discos en pasta: Ninguno tenía rotulación. Ambos ecuménicos impartieron en mí una extraña curiosidad.
Pasé un mes entero conviviendo con los discos. Observándoles. Limpiándoles. Arrojándoles. Nunca los escuché. Nunca los escuché hasta que un día –un día glorioso- de borrachera, corrí a recogerlos, y, luego de desempolvar el toca discos, me apresuré (casi cayéndome por los estragos del licor) a colocar uno de los discos en la reproductora.

Y esto fue lo que escuche:

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Mi cuerpo se encrespó. Sentí como fuertes ondas transformaban mis pieles callosas y adormecidas en electricidad. Una presión violenta que hundía mi pecho provocó vomitos que todavía, al sol de hoy, no podría explicar. Aún así, fue mínimo el dolor. Toda la maquinaria se llenó de colores: Anaranjados y cálidos. Cuando miré hacia el espejo, el reflejo de mis huesos danzaba y se hacían concretos. Se convertían en cuerpo. Bailando pude sentir los pies nuevamente. Es imposible suponer que romper con el monstruo ese monolingüe de la vagancia sería tarea fácil. Por lo que decidí –debido al hallazgo musicalezco y polícramo que movilizó mis sentidos- escuchar el otro disco.
Y desde que comenzó a sonar, más alla de las letras y de las melodías, entendí:

Entendí que no somos simples hipérboles de roña moribunda.  Que engullir las horas en barbarie nos hacía alguien: Cualquiera.  Nos convertía al cualquiera que se lo lleva el viento, el sucio, las tormentas o los matorrales.  Y que ese extraviarse no era siquiera la libertad de una existencia del anonimato que nos hace, precisamente, libres:  Sino que ante la rifa y la mazmorra de los días (con cada segundo transcurrido), funcionaríamos como penumbras, jamás como mechas, ni de la muerte ni de la nada ni de lo que realmente quisiéramos.  Comprendí que debía ser uno soberano de sí primero, para luego –cuando la reproducción de uno mismo no fuera puro sacapuntas de la arbitrariedad- poder implorar cosas hermosas.  Poder ser nuestra herramienta. Poder convocar avalanchas cargadas con vivencias para nuestro bienestar, no para la otra cosa: Para nosotros.
Así hasta el presente momento.  Me marcho de aquel lugar.  Mientras camine en dirección contraria a ese Pueblo, sabré que cada paso lo doy hacia el porvenir.  Nada de remordimientos. Me largo pero en mi despedida he dejado una sorpresa monumental. Pasó largo tiempo pero luego de haber despojado mi vida de las garras del pueblo, decidí que sudaría todo mi esfuerzo para elaborar una solución. Mi partida, más allá de huidas (si así lo quiere ver usted), es más compulsoria que un capricho de puras tramas del escape.
Los cimientos de nuestro Pueblo se irguieron sobre terreno pantanoso. La maleza tan asfixiante como era, detuvo durante largos años el hundimiento del pueblo. Ahora y, gracias a la invención de un reproductor de ondas que provocaría una inmensa dispariedad en las placas tectónicas; el pantano se convertiría en arena movediza. Por eso esta mañana, mientras todos dormían, coloqué altavoces en todo el pueblo. Hice sonar una vieja alarma de emergencia por algunos minutos. Nadie se mostró preocupado. Luego encendí el toca discos para que retumbara todo lugar, toda partícula, todos los insectos del lugar. Cuando volteé aq echar un último vistazo a lo que algún día llamé hogar, logré observar cómo el pueblo entero se hundía. Y finalmente se escucharon gritos de desesperación, llantos de auxilio y voces que procuraban otras voces. Y escuché cómo se rompían las viejas edificaciones, una por una, truncándose y sometiendo al fango a sus habitantes. Y como lo que habitó una vez en aquel lugar había perecido hace mucho, nadie nunca –excepto este servidor exiliado por obligación- se percató de que más allá de la podredumbre, de la miseria y de la suciedad de nuestro lugar, miles de mariposas habitaban desde tiempos inmemorables las casas y los alrededores. Desde aquí se siente el aleteo libertador de sus alas arropándolo todo. Al cielo no se le veían nubes aquella mañana, las mariposas en su teatro terminaron por asfixiar a los pocos que permanecían en la superficie.
Y no piense usted nunca en indagar más sobre aquél lugar. No vaya usted a fantasear con una taxidermia de aquél lugar. Después de todo, no creo que sobreviva ni el mínimo residuo de lo que fue. No obstante, si desea usted tener un romance con la nostalgia del pueblito de Jamespring, puede, si quiere apaciguar su inquietud tarareando noche y día aquellas melodías hacerlo. Pues es mejor oxigenarse en resplandores que someterse a la casería ciega de tumbas desheredadas de sí. De tumbas ausentadas de inscripciones o membretes.

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