Del Pantano Nacen Mariposas circúnda nuestro lugar, nuestra psiquis como vertientes gusarapos de lugar cualquiera. Esta entrada de Daniel Pommers tiene como matasellos la primera parte de una distopía que hurta nuestro lugar para convertirlo en cualquier pasillo, cerradura y ventana. Estas letras son una invitación.
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Parte Primera

El pueblo en donde dormimos está cubierto por la maleza. Parece una caricatura moribunda. Nuestras tiendas, graneros, hogares, barberías y, toda la desolación que nos hace bastardos de enredaderasa, transmutaron su composición original: Nuestro Pueblo es de cartón. Cuando llueve, la gotera es granizo de cartón. En algún momento -por eso de rotular nuestra historia, por eso de hablar sobre el rapto- los moldes de cordura y sanidad, de reflexión y de respeto en nuestro pueblo, tuvieron su apocalípsis. Se dio paso entonces a una nueva e imperecedera condición comática. Y el coma se administró en todo lugar. La ira. El iletrado. El lirón:
En eso vino a convertirse.
El invierno secó los cultivos de granos. Las reservas dejaron de ser reservas y por el hambre ahora sufríamos de cólicos; ausente la fortaleza para rehabilitarnos y rehabilitar, no fueron necesarios los antiguos estamentos. Adíos al comisarío y al juez -la ley yace colgada de los pies en lo que algún día sirvió como plaza.
Hasta nunca al doctor y a la srta. curandera, para qué servirían los remedios y la medicina…en una cascada voluntaria hacía la mortandad, no es necesario tener curas. El mismo destino sufrieron la familia, los educadores, la amistad, la imaginación, el entendimiento, pues, se puede decir sin caer en generalizaciones ílogicas que, la idiosincrasia de nuestro pueblo más que aniquilada, estaba (así como su arquitectura) segmentada en iglúes que solo sirven como cónyuge de la holgazanería -tristemente, dejándose justificar con, precisamente, más holgazanería.
A nuestros niños les cortamos la lengua. No se quería tener laboratorios vivientes de fantasías o de la felicidad. Todos los niños del pueblo perecieron desauciados de ayuda médica y en completo estado de desnudez. Hoy sus cuerpos yacen a la interperie aleatoria donde su biología dejó de funcionar. Como Dios nunca estuvo en este lugar, nadie se aventuró en su destierro. La inutilidad era el evangelio y eso del sufrimiento y la compasión, tendrían la misma cabida en nuestras sienes que la facultad de amar y de amarse: Ninguna. La religión del pueblo había sido siempre el trabajo pero como se eliminó, el trabajo ahora sería el trabajo por la vagancia el nuevo estandarte. El pueblo se convirtió en una fabrica de lamerse el cuerpo hasta secarse la lengua y borrarse las pieles.
Se preguntarán entonces el por qué de estas líneas. ¿Por qué la disidencia? ¿Por qué la denuncia? y es que el tramo que me llevó a recuperar mi cordura ha sido uno de cansancio, pero siendo yo un ser inquieto -un anormal por así decirlo- encontré la manera de cancelar el pontífice hipnotizmo que nos arropaba.
Una mañana, mientras dormitaba en el sofá, un pequeño ratonsito revolcó unas cajas que había acomodado a lo alto de mi lacena. Fue tanto el escarcéo que logró derribar una de las cajas. Al caer, justo a mi lado, pude notar la gran cantidad de polvo que, combinando su composición microscópica con la brillantez del sol, redimiendo y haciendo aquel polvo anaranjado tangible. Tangible el sol y tangible mi rostro gracias al polvo.
Limpié mis ojos, sacudí mis ropas y, puedo decir con la sinceridad más certera de todas que, el hecho de limpiarme, de sacudirme, hizo vulnerable en mí esa facultad de ruptura: Me ruborizé al sentirme sucio. Acto seguido investigué lo que se escondía en la caja.
Continuará…

