“La Gata Raparrigga vs. El Niño Rata”

por Daniel Pommers escrito el Domingo 1 de noviembre de 2009

Ilustración por Marcos Pechio

Ilustración por Marcos Pechio

Historia primera. Ocupada París, ocupada nuestras entrañas.

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Establezcamos de una vez lo siguiente: El ambiente o localización de esta Historia se inscribe al velo deplorador del querer vivir una mejor vida; es entonces la barbarie el imperio que circunda cada una de las escenas que leerán a continuación. Podemos decir que, impugnar ese legado de la crueldad o ese sentimiento policromano de tonos opacos –colores que visten con residuos de humanidad a estas criaturas- son, más que trajines voluntarios que se han convertido al ser humano como clavos, en una condición imperecedera de espíritus chocarreros, que se alimentan, alimentándose de sus propias entrañas. Son en consecuencia, seres portadores de miseria.

El niño rata no es ballena ni ardilla. El niño rata es precisamente un niño: una rata.

Ser niño rata por impedimento

Mis hermanos –nueve, según mi abuela decía- fueron empujados a la miseria desde el día que mamá los parió. Para entonces vivíamos en uno de los barrios más pobres de París. Mamá había hecho el nido de mis hermanos dentro de una de las enciclopedias de la biblioteca municipal, obviamente y en esto soy completamente sincero, mamá, al ser conocedora de las mañas y de la hambruna parisina de la época, escogió una colección enclenque de importancia de una enciclopedia que encapsulaba más polvo y sucio que información para hospedarlos. Desde ahí –cuenta abuela- podían observar las ventanas vecinas alumbrándose por las velas todas las noches, entre los olores a sopas y a panes que el viento permitía colar desde los callejones aledaños a nuestro hogar. Siendo yo un niño rata, siendo “un ratoncito con impedimentos” como decían todos, permanecía la mayor parte del día en una cajita llena de páginas que mi abuela, tan anciana pero tan cariñosa, había arreglado para mí. Había escogido unas exclusivas paginas de una enciclopedia universal, “por eso de que eres mitad niño” –decía que debería yo de cultivar mis saberes, pues de lo contrario, ese mágico esplendor de mi parte humana perecería y junto con ella mis ganas de vivir una mejor vida –una vida fuera de la mugre siempre ratonezca de la rata.

Como fue estipulado en un principio, la miseria del hastío del hombre y del mundo terminó por esconderse en aquel sótano que era nuestro hogar. Escapados de una algarabía de metralletas y de tanques que asaltaron las calles parisinas, una familia ocupó el almacén de la biblioteca. Y no pasaron horas cuando un escuadrón –un escuadrón de hombres grises que vociferaban un acento distinto al nuestro, unos hombres hinchados de rabia que escupían gritos encima de aquella familia, procedió a inspeccionar la biblioteca. La inspección se convirtió en hecatombe: asesinaron y quemaron a la familia y todo lo que era la biblioteca. En esa hemorragia del mundo también se vino abajo nuestro humilde hogar. Y así como tantos fueron empujados a la miseria, así mismo mis nueve hermanos, madre y abuela, fueron empujados a la Miseria. Bajo los gritos y risas de celebración de aquellos soldados, todos fueron catapultados hacia un balde de gasolina: Y allí fueron ahogados. Y allí incendiados todos. Y allí, luego del humo y de los chillidos de auxilio de mi familia, permanecí durante los próximos días escondido en un orificio en la pared. “No salgas de aquí nunca mi querido. Aunque el mismísimo Dios baje de los cielos, no salgas nunca de aquí. Aquí permanecerás seguro.” –dijo mi abuela justo antes de ser traspasada frente a mis ojos por un cuchillo, para luego ser convertida en una ceniza más.

Ilustración por Marcos Pechio

Ilustración por Marcos Pechio

Lo que la lluvia se llevó

Recuerdo que al pasar de algunos días, guarnecido en aquel orificio, el aguacero más grueso que se había suscitado durante mi corta vida se sintió en todo París. El lavado de las calles y esa coraza gregaria que poco a poco se venia gestando a mi alrededor, provocó un extraño sentimiento. Entonces el miedo de mover mi cuerpo se diluyó aquella mañana. Sentí ganas de corretear por los callejones, de coquetear con la muchedumbre que, ya no solo lloraba a sus muertos (pues se entiende que ese llanto es uno que perdura) sino que ahora se abrazaba a la corpulencia de la lluvia que limpiaba las calles de la ciudad. Cuando entré en razón, me había sumido entre las cientos de personas que corrían descalzas y, entre los insectos que cargaban nuevamente suministros exentos de piel y de sangre humana. Entonces sollozos todos nos dimos caricias solidarias: carcajadas nerviosas, gritamos groserías sobre la desquicie de aquel ejercito de la muerte, jugamos nuevamente a ser péndulos de la gracia. Aquella mañana en las calles y en los callejones de la ciudad– aunque solamente por aquella lluviosa mañana -nos amamos como nunca antes se había amado ser viviente. Sin miedo. Sin penitencias. Sin ser ilícitos.

El próximo mes transcurrió fugazmente. Todo en aparente calma: Pero como todo, también fue fugaz ese éxodo de la locura. La retaguardia siempre guardó más resignación que compromiso. Y eso, eso que se hospedó como imperceptible para todos, fue un golpe perturbador, más peligroso y efectivo en eso de sumergirnos en la mediocridad que los sucesos antes vividos.

La destreza del coordenado fue hecha para insistentes como yo. Porque no hay de otra cuando son las tres y media de la madrugada, más aún, cuando no se ha dormido ni una problemática hora. Para ser exacto, llevo trece sudorosos días con un anímico e intranquilo estado mental de menguar las horas para el descanso. Iracundo y situado en el sobrante que el insomnio dejó para tener la fuerza necesaria para levantarme a comer algo. He permanecido quieto en una esquina arrugada de las sobras que inventé como hogar. Sucede que ya se mudaron de aquí mis amigos o mejor dicho, los risueños personajes esos que dejaban entrar luz a mi orificio. Me he puesto a pensar en los posibles por qué de su partida y entiendo. Solo eso puedo hacer, entender. Por lo que embriagado y ajustado por los sonidos de la soledad, tuve mucho tiempo para pensar en todo y en todos. Con horas y horas para mitigar entre las verdades a mitad y las posibles acciones a ser llevadas a la realidad. Terminé por entender que el duelo, esa nausea de dolores, la inactividad voluntaria por vocación, eso de dejarnos morir todos: Implica ser desleal con ese dolor de todos, más que el hecho de custodiar esa facultad de graduar todo suceso que, cruelmente, que injustamente, nos convertía en granitos inválidos de control.

Invertir la muletilla de la mortaja por la Afirmación Negadora de frecuencias fraudulentas

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En un podio. En un callejón. Una pequeña congregación. Habla el niño rata:

-Quiero saber si mi corazón y sus corazones aguantan la presión de la que tanto hablan por ahí. Quiero endurecer el pecho y romper con mis manos el por qué de todas las injusticias a las cuales somos sometidos (pausa para beber un poco de agua) para preguntar…preguntar para igualar las derrotas, entonces sudar las cosas que nos impiden ver salida segura al final del camino. Y quiero decirle al tirano que estoy cansado de esperar. Estoy cansado de observar como se pierden en esquemas y en sufrimientos mis hermanos de la ciudad. Mis hermanos y hermanas de Paris y del mundo entero. Que aunque la lengua de todos se las a manejado para desafinarse y desafinarnos, no podemos rendirnos nunca. Que los bocetos de nuestras vidas, aunque nos engavetan, son exactamente eso, borradores por trazadores impostores de nuestras emociones, no obras terminadas. Que por más sencillo que se figure abandonarse a la muerte (mirando firmemente a los presentes) colegiarse hacia esencialismos malevolentes y malolientes del mundo, puede faltarle el respeto a ésa (señalando con las manos su cuerpo), esa voluntad inquebrantable de nuestro organismo. Que aunque gravite y se administre como una eterna descomposición del todo, aun así, se niega fuertemente al caducamiento. Que graduarse de una vida plena es en consecuencia empolvarnos de una muerte plena…

Entonces, cuando el niño rata se veía dispuesto a pronunciar las ultimas palabras –palabras que terminarían por encausar al pequeño grupo de oyentes que se había conglomerado aquella tarde- palabras trampolín de una serie de eventos venideros que enaltecerían la solidaridad y el entendimiento mutuo sobre todas las cosas: En ese pestañeo y respiro final, la audiencia esperaba con ansias el diligenciamiento de vivir plenamente, sin miedos a luchar hasta el infinito…

…como una ráfaga. Sin haber sido descubierta en ningún momento. Con la furia y el ímpetu de una depredadora, la gata Raparrigga saltó desde unas paginas que colocadas por la audiencia decoraban las espaldas del niño rata. Allí, sin diseñó alguno, sin haber visto batalla alguna, la cazadora se arrojó encima de la presa.

Ilusrtación por Marcos Pechio

Ilusrtación por Marcos Pechio

Para cuando la audiencia reaccionó del asombro, la gata Raparrigga había masticado el cuerpo del niño rata. Y por su condición de gata que nunca fue alimentada con carnes, no lo tragó. Con un violento golpe estrelló el cuerpo muerto del niño rata frente los pies –ahora convertidos en cerrojos- de los oyentes. Nadie pudo ayudarle. Para cuando se presentaron los conocedores de la salud para administrar los primeros auxilios y para tratar de revivirle, una hemorragia interminable había inundado aquél callejón. Y finalmente esa mancha: mancha intachable de futuros alientos, quedó nobiliariamente incustrada en el pecho de todos los presentes. Se habló sobre conspiraciones. Se pensó en vengar el asesinato del niño rata. A fin de cuentas, con el pasar de los días, la irregularidad que concernía a la Mancha: a la mancha y a los seguidores de la mancha, se disipó. Disipada como todo.

Todavía hoy pienso que no hubo trama más allá del hecho de que la gata Raparrigga, en su condición natural de gata cazadora, como lo son la mayoría de los felinos hembras, atacó, a su juicio, lo que se le presentó como una presa más. Una presa cualquiera. Si el niño rata fue victima de depredación alguna o si la gata Raparrigga fue victima de su naturaleza, eso nunca lo sabremos en realidad. ¿No le parece?

Comentarios

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  1. Me gustó el cuento y las ilistraciones, la idea de escribir cuentos e ilustrarlos es fenomenal. Adelante con su buen trabajo.

  2. muchas gracias por el comentario, la continuación de esta historia tambien la ilustrará la misma persona y saldrá en dos domingos.

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