En esta edición de La Generación del Atardecer Presenta:, Miguel Santos nos deleita con una breve pieza de mitología personal, pero con un definitivo aroma a lo que ya conocemos…
-Who is this uncanny visitor knocking at my door?
“Give me forced health till I wish death on myself
A ha ha, ha ha, ha ha, ha ha, ha ha!”
- Modest Mouse, March into the Sea
¿Pero dónde se encuentran las voces, el léxico del buen vivir? Mi con-ciencia parece igual de artificial que esta ciudad. Rafael se acerca y me sirve otro amapolas chou chou, cargado de rones y jugos esotéricos que me deleitan en su magna sencillez, en su ética con el cuerpo, tan común y acogedora. De acuerdo a las historias de mercenarios en Amapolas, existen regiones tan nutritivas que manifestaban cualquier cosa que se entrara en sus espacios terrenales. Esta bebida se menciona por primera vez en documentos de origen Wasabari, la tribu perdida de los Chenata. Fue cultivada por muchos saberes através de distintas culturas después que estas des-aparecieron. Fue un regalo de los extintos, antes de partir y dejar que la entropía mastique a cantos. “A los vivos le dejamos lo siguiente, una metodología para el sweet delight”, pero con mayor consistencia, por eso su fama entre los marineros, entre los peregrinos, entre los vanguardistas, los que se mueven y derrumban. Se le llamaba “mata-diablo” porque podía domar las criaturas que se revelan dentro/afuera de los centros urbanos a través de la historia y la no historia. Según la Enciclopedia de Taxonomía Cultural, Tamazo, un sapiente exaltado y el gran guerrero Wasabari, nació de una caña gigante, abrió el fruto desde adentro con su machete y de la tierra salía enfangado y nutritivo, sus piernas, su torso, sus cuerdas vocales, sus intestinos allí forjados de gusanos y musgo. Así advino el gran Tamazo. Magnos males acechaban la sociedad, adentro y afuera. Enemigos de lo que la sociedad simbolizaba; concretizando porvenir y ordenanza como agente socio-político de la región. Pero estos males no pedían ser atacados por nadie, porque vivían entre el espacio y el tiempo. En tu mente eran como un virus perceptivo, ¿que hacían allí esos demonios causando tanto dolor?, ninguna agencia en la tribu ni en el clan o el estado sabía qué hacer. Todos en pánico por esta ola de mal que acechaba las almas. Pero Tamazo, agobiado a su vez por esta crisis psíquica, se marchó y quedó sentado debajo de un árbol encima de una colina verde. Allí el tiempo y el espacio se fisuró, nadie podía entender qué había pasado. Un líquido mágico comenzó a fluir desde las montañas, olas y olas de jugo higiénico de palo sobao, el líquido volvió a las personas de la ciudad a volver a la calma. Confundió a los demonios para salvar a la ciudad.
“If you think you know enough, to know you know you’ve had enough.
And if you think you don’t, you probably will”
- Modest Mouse, March into the Sea
Hay muchas historias de Tamazo, por ejemplo en otras versiones menos conocidas, se narra cómo el vivaracho estaba cansado y aburrido por las circunstancias, con los artificios rígidos inventados por sus contemporáneos. Meros logos que estos adoraban para olvidar al mundo, idolatraban sus palabras pero no se callaban a saborear bien una teta, un helado, un atardecer, un silencio, un cadáver, un mime, una in-conciencia. Las palabras son cemento y esquizofrenia. “Hay que moverse de aquí…” decía el pobre Tamazo en las iglesias, capitolios, laboratorios y corporaciones a las que ingresó para orinar en sus escalinatas y en sus pasillos, intentado salvarlos de su exactitud, licuándolos. Deseando terremotos, dragones, titanes y hongos. Luego tomó rumbo, se fue y exorcizó su risa, sus lágrimas a las fuentes y los pozos de agua potable. En cuestión de horas, todas las personas estaban intoxicadas, asesinándose unas a la otras, desatando uñas y golpes y mordiscos, y ultrajándose para sobrevivir el ánimo escondido que los tomó por sorpresa. Un día después, nadie restaba vivo en la ciudad, y Tamazo ya no era. El elixir de sus entrañas sólo activó la perfección ansiada por todos los habitantes de la ciudadela, en su brillante luz en la colina. Dando cuenta de las cicatrices y del daño colateral en sus verdades, en el eco que llaman un Yo. Al otro día todos despertaron salvos y sanos en sus domicilios. La alucinación colectiva terminó. Pero sólo era una advertencia solitaria.


