David McCloskey nos brinda su opinión sobre el nuevo trabajo del grupo My Dying Bride.

Al pensar en bandas que lograron alto reconocimiento en la década de los 90, es triste darnos cuenta que la gran mayoría de los discos que han lanzado en los últimos 9 años suelen ser comúnmente mediocres, sea que su impulso creativo acabó con el cambio de siglo, o que entran al estudio simplemente para cumplir los contratos con sus disqueras, en vez de enfocarse en realmente salir de la sombra de su éxito pasado. Esto dicho, no es una sorpresa ver que estas bandas se limitan a tocar sus éxitos clásicos cuando pisan una tarima, obviando del repertorio la poca justicia que les hace el material nuevo.
Tomando esto en cuenta, es una refrescante excepción a la regla saber que después de 19 años de carrera, My Dying Bride continua sobrepasando su material previo cada vez que lanzan un disco al mundo. Es verdaderamente sorprendente ver como una banda que subió a la cima del doom metal europeo con discos como Turn Loose the Swans (1994), The Angel and the Dark River (1996) y Like Gods of the Sun (1997) tenga suficiente jugo creativo para consistentemente crear material sobresaliente más de una década desde su éxito inicial.
For Lies I Sire (2009), la más reciente entrega de estos gigantes británicos, continua rompiendo barreras para la banda. La espera de 3 años desde su previa obra maestra, A Line of Deathless Kings (2006), fue una que valió la pena, ya que el esfuerzo se nota enseguida. Claro está, la banda no estuvo inactiva durante ese tiempo, ya que un año antes, lanzó el extraordinario disco en vivo An Ode to Woe (2008), donde exponen su calibre demostrando que su material reciente es tan bueno o mejor como su material clásico, mezclando ambos de una manera líquida y eficaz.
Comenzando con My Body, a Funeral, For Lies I Sire explora los vestigios del dolor, la pérdida y el sufrimiento humano con un arte exquisita de halarle los hilos emocionales al oyente. Un sutil comienzo que culmina en una melodía extraordinariamente melancólica, este primer tema demuestra todas las fuerzas de la banda: atmósfera, sentimiento, fuerza, textura y sobre todo, tristeza. Con el impacto del primer coro, la fanaticada clásica de la banda pegará un grito de placer, ya que el delicioso sonido del violín vuelve a incorporarse a la banda después de más de una década de ausencia, armonizando hermosamente con las guitarras.
La banda utiliza este elemento inteligentemente, logrando que resalte por su uso escaso, sea en momentos tensos del tema The Lies I Sire, aportando ambiente sinistro en Fall With Me, al dramático interludio de Santuario di Sangue. Ese sentido de dramatismo no se limita al violín, ya que el uso dinámico del piano y teclado, entrelazado con la emotiva voz de Aaron Stainthope, crea imágenes detalladas que acompañan la música y complementan las letras de los temas. Aaron no escatima en ellas, demostrado una profundidad y un complejo proceso de introspección ante los eventos dolorosos de la vida.
Al reunir todos estos elementos, My Dying Bride captura la fuerza pesada del doom metal europeo con un sentido teatral comúnmente encontrado en el goth metal sin ser pretencioso, lo que le da un sonido único a la banda que complace fanáticos de ambos géneros, sin sacrificar en ningún momento su credibilidad.

